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domingo, 19 de febrero de 2017

Clint Eastwood y su poncho

➡ De las cinco películas que Sergio Leone ha dirigido en Almería, las dos últimas, Agáchate, maldito (1971) y Hasta que llegó su hora (1968), fueron las que utilizaron los mejores medios técnicos, dieron protagonismo a los actores más cotizados y, como consecuencia de ello, tuvieron los mayores presupuestos. Pero ninguna de las dos ha llegado a alcanzar la popularidad de las tres primeras, las que conforman la Trilogía del Dólar: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965), y El bueno, el feo y el malo (1966). El éxito de la Trilogía radica en la suma de una serie de componentes que aisladamente hubieran pasado inadvertidos. Es difícil detallar todos ellos, pero siempre hay que considerar la destreza de Sergio Leone para elevar de categoría los planos cortos, la banda sonora de Ennio Morricone, repleta de atonalidades, silbidos, campanas, arpas de boca y coros sin texto, y la presencia de Clint Eastwood, El hombre sin nombre, por entonces un actor norteamericano de medio pelo que se buscaba la vida rodando aburridos seriales de vaqueros.

Clint ha desempolvado de nuevo su viejo poncho

Clint Eastwood no se entiende sin Almería, pero el Spaguetti Western tampoco se entendería sin Clint Eastwood. ¿Qué proporcionó de nuevo este actor a un género, el western, que estaba en plena decadencia? El personaje de El hombre sin nombre se ha convertido en un icono. Se trata de un hombre duro, sin escrúpulos, sin sentimientos, cínico, solitario y únicamente movido por el dinero. Un hombre de pocas palabras dispuesto a matar a sangre fría. A sus personales rasgos faciales y su estilizada figura, Clint Eastwood unió al personaje un purito en la comisura de los labios, un sombrero de ala ancha y un poncho raído que le dotaban de una identidad peculiar. Para crearse esa identidad no necesitó matar indios, porque en la Trilogía no hay indios, ni hacer el amor con señoritas de alterne de saloon, porque tampoco hay mujeres. A Claudia Cardinale la traería después Leone para Hasta que llegó su hora.

Por un puñado de dólares era lo que hoy llamaríamos una película low cost. La productora apenas invirtió 120.000 dólares. Una prueba de la escasez del presupuesto nos la recuerda el mismo Leone cuando cierto día necesitaban utilizar una grúa. Como no la tenían, se la pidieron prestada a Dino de Laurentiis, que también rodaba en Almería. “Solo os la puedo dejar un domingo, pero ya sabéis que en España, por cuestiones religiosas, no se puede trabajar en domingo”. Leone pidió permiso al obispo Ródenas, al que le hizo ver que eran judíos.

Capítulo aparte merece el poncho de Clint Eastwood. Es el mismo en las tres películas. Mide 203 x 99 cm. Existen unos bocetos de Carlo Simi, responsable del vestuario, sobre su diseño. Pero cada vez más se acepta más la idea de que esos bocetos se hicieron a posteriori. Clint Eastwood dice que el poncho era suyo, según manifiesta en una entrevista para el libro Sergio Leone. Algo que ver con la muerte, de Christopher Frayling: “Fui a un lugar donde vendían ropa en Santa Mónica Boulevard y simplemente compré esa ropa y me la traje a Italia”. Se refiere no sólo al poncho, sino también al chaleco, los vaqueros y el sombrero En otras ocasiones, Eastwood ha manifestado que el poncho lo compró en Roma. O en Madrid o en Níjar, según la ocasión. Emilio Ruiz.

domingo, 12 de febrero de 2017

El zasca de Cristina a Susana

El Consejo de Ministros aprobó el viernes el nombramiento del grupo de expertos que integran la comisión que va a diseñar la reforma de la financiación autonómica. Está formado por un representante de cada comunidad autónoma de régimen común, excepto Cataluña, que se ha excluido porque, como se sabe, la Generalitat no está en otra cosa que no sea el proceso soberanista. A ellos se añadirán los expertos designados por el Gobierno. Curioso es, pero los catorce ‘sabios’ son del género masculino. Teresa Rodríguez, la líder andaluza de Podemos, ha puesto el grito en el cielo por esa circunstancia y ha preguntado a Susana Díaz si es que no ha encontrado una mujer suficientemente capacitada para defender tan ardua tarea. Nuestro representante es Francisco David Adame, catedrático de derecho tributario de la Universidad de Sevilla, que ya tiene experiencia en estas lides: participó en el anterior libro blanco de la financiación que alumbró el modelo de 2001. Los expertos se reunirán dentro de 15 días y el modelo de financiación que propongan servirá de base para la negociación de Hacienda con las comunidades en el seno del Consejo de Política Fiscal.

Cristina Cifuentes y Susana Díaz, en la última Conferencia de Presidentes

Además de un sistema justo de financiación de las comunidades autónomas –algo que no es fácil de establecer sin que nadie se considere insuficientemente financiado-, la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, quiere que se decida algo sobre dos impuestos que últimamente le están produciendo fuertes dolores de cabeza: Patrimonio y Sucesiones y Donaciones. El Partido Popular sigue inmerso es una dura campaña que parece que le está dando sus réditos. La base de esa campaña está establecida en términos comparativos: ante idénticas situaciones tributarias, un andaluz puede verse obligado a pagar cuantiosas cantidades de dinero que no pagaría, por ejemplo, si fuera madrileño. Y es verdad.

En la reunión de presidentes donde se acordó la creación de este grupo, Susana Díaz sacó este tema a debate. Se valió de un eufemismo –la necesaria armonización- para criticar a las comunidades autónomas que apenas aplican estos impuestos. La presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, se sintió molesta. “Pide armonización cuando en realidad está pidiendo subida, y que le quede claro a la presidenta de Andalucía: Madrid no va a subir los impuestos”. Tras aquel día, Cifuentes ha hecho un paseíllo por periódicos y televisiones mostrándose excesivamente agresiva con su colega. No es normal tanta animadversión hacia quien gobierna otro territorio. “El Gobierno socialista en Andalucía está friendo a impuestos a los andaluces”, ha declarado a Expansión y repetido en 13TV.

Patrimonio y Sucesiones y Donaciones son dos impuestos obsoletos que no tienen razón de ser. No son impuestos de ricos, sino de clases medias. Al ser dos tributos de carácter estatal, el Partido Popular tiene la facultad de suprimirlos. Es lo que debe hacer. Ya lo hizo Zapatero. Fíjense cómo justificó el entonces presidente socialista la supresión de Patrimonio: “Se considera más justo, simplificado y racional que se produzca su supresión. Es un tributo que recae sobre las clases medias, pero no sobre las más altas, que tienen fáciles mecanismos de elusión. Su supresión es un estímulo para que en este país no se penalice el ahorro”. Emilio Ruiz.

domingo, 5 de febrero de 2017

¡Esther, Esther!

De las diversas convocatorias electorales, la de las elecciones municipales es la que requiere de mayor número de candidatos. Pensemos, por ejemplo, en el caso de Almería: si contamos una media de tres candidaturas por municipio y una media de 12 candidatos a concejales por candidatura, son alrededor de 4.000 las personas implicadas. Una cuarta parte salen elegidos. Y entre éstos, muchos retornan al cargo pero otros se estrenan en política.

Esther Gómez

Los partidos, a la hora de incorporar gente nueva en sus candidaturas, se fijan en personas “normales”, con buena imagen, no estridentes, preparadas, presuntamente receptoras del voto de su círculo amistoso y familiar… Pero no siempre les salen –a los partidos, digo- las cosas como piensan y se encuentran con algunos incómodos compañeros de viaje. Si hacemos un viaje por la geografía provincial y nos detenemos en sus Ayuntamientos, veremos que situaciones similares a las que describo son frecuentes. El catálogo es diverso: hay quienes el primer día piden un sueldo, quienes unen su voto al del adversario político, quienes votan ‘en conciencia’ (o sea, con la oposición), quienes proclaman que ‘me debo al pueblo’ (o sea, a su propio interés), quienes ceden la alcaldía al partido contrario ‘por el bien de los ciudadanos’ (o sea, por el suyo), quienes ‘caen en el olvido’ de acudir a un pleno precisamente el día que su voto es necesario, etc., etc.

Líbreme Dios de ubicar a la concejala de Plataforma Abderitana Esther Gómez en alguno de estos compartimentos. No la conozco y sería un ejercicio de irresponsabilidad hacerlo. Pero, a juzgar por lo que hace y escribe, un poco rarita sí es. Veamos. Esther encabezaba la candidatura de Plataforma –una especie de Podemos abderitano-, que obtuvo tres concejales (Rosa Rolán, de IU; el nuevo portavoz, Francisco Fernandez Guardia y ella). El PP consiguió nueve, el PSOE obtuvo ocho y Ciudadanos se hizo con uno. Un acuerdo de izquierdas hubiera conseguido la alcaldía, pero los de Plataforma consideraron que lo mejor era que siguieran gobernando quienes lo habían hecho hasta entonces. Nada que objetar.

Desde el minuto uno el grupo de Esther inició lo que –al menos de cara a la opinión pública- parecía una fuerte oposición. No había tema que se le resistiera. El PP era un demonio, y el alcalde, el mismo Satanás. La gestión, calamitosa. Promovió incluso mociones conjuntas de toda la oposición con foto incluida a la puerta del consistorio. No había tregua ni momento de respiro. A un complemento de productividad del marido de Carmen Crespo, funcionario municipal, no dudó en calificarlo como “sobre”-sueldo, destacando la connotación de la palabra “sobre”. Ante una oposición tan despiadada, la moción de censura se veía venir. Y, efectivamente, la negociación para formar una mayoría alternativa ha llegado.

¿Cuál es ahora la reacción de la guerrera Esther? Desmarcarse. ¿Por qué? Ella lo sabrá. ¿Hacía antes una oposición trucada, de cara a la galería, para justificar oscuras intenciones? También ella lo sabrá. ¿Y qué explicaciones da? Pueriles. Las típicas que se ajustan a los cánones del tipo de concejal que he indicado al principio. O sea, que ninguno de los otros 20 concejales piensa en Adra. En Adra solo piensa ella. Y como sólo es ella la que vela por Adra, hasta ha creado su propio partido. Lo hará unipersonal, si se le permiten. ¡Ay, Esther, Esther…! Emilio Ruiz.

La mitad de los pueblos de Almería, en peligro de extinción

El periodista Antonio Fernández iniciaba uno de sus reportajes de la semana pasada en La Voz de Almería de esta forma: “Los vecinos de Alcudia de Monteagud echan de menos las risas, los gritos, los juegos infantiles, las ruidosas pandillas que recorrían hace unos años las calles del pueblo. Están tristes porque definitivamente se han quedado sin niños, sin alegría. Ha sido un proceso lento pero inexorable; el año pasado aún quedaban media docena de ellos, aunque desde hace ya varios años la antigua escuela permanece cerrada a cal y canto por falta de alumnos a los que proporcionar enseñanzas”. La crónica reflejaba una situación que no por inquietante es excepcional. Alcudia de Monteagud es un pueblo precioso, pero que lentamente se muere. Y, como Alcudia, muchos pueblos de España y de Andalucía y también muchos pueblos de Almería.

Dos bolsas de despoblación

La provincia de Almería estrenó el siglo XX con 366.170 habitantes. Medio siglo después, en 1950, lejos de incrementar población, los habitantes eran 361.769. Ha sido a partir de 1960 cuando el crecimiento de población almeriense se ha hecho continuado. A partir de 2001 este crecimiento se hizo especialmente acentuado. Entonces los habitantes eran 536.731. Quince años después el número de habitantes de Almería ha pasado a ser de 704.297, un 31 % y 167.566 habitantes más.

Sin embargo, este crecimiento continuado de población almeriense en las últimas cinco décadas no ha tenido una distribución armónica por toda la provincia. Mientras hay municipios que han duplicado o triplicado su población (El Ejido, Garrucha, Huércal de Almería, Mojácar, Níjar, Pulpí, Roquetas de Mar, Vera, Vícar…) hay otros que la han reducido a casi la mitad (Alboloduy, Beires, Benitagla, Benizalón Canjáyar, Castro de Filabres, Cóbdar, Lubrín, Olula de Castro, Rágol, Senés, Serón, Sierro, Tahal, Velefique…). Pareciera que el mapa de la provincia de Almería ha sido atravesado por una enorme brecha que lo trocea en dos partes casi iguales: la mitad incrementa población y la otra mitad la disminuye.

La Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) ha dado la voz de alarma: la mitad de los municipios españoles se encuentran en riesgo de extinción. En estos momentos subsisten con menos de mil habitantes 4.995 municipios de los 8.125 que hay en España. Son pequeños pueblos que padecen un continuo envejecimiento de su censo demográfico y un mínimo o nulo relevo generacional, con escasas o nulas cifras de natalidad.

La fotografía de la preocupante situación nacional se reproduce en la correspondiente escala en la provincia de Almería. De los 103 municipios almerienses, la mitad, 51, se encuentran en esa situación. Son municipios que, según la FEMP, se encuentran en riesgo de extinción.

Población que tenían en 1930 y la que tienen ahora los pueblos de Almería en peligro de extinción

Todos estos datos se aportan en el informe “Población y despoblación en España 2016”, que ha sido presentado a la Comisión de Despoblación de la FEMP por su presidente, Juan Antonio Sánchez Quero. El estudio ha sido realizado a partir del análisis del último padrón de habitantes publicado por el INE. En el informe se destaca que en España son 2.652 las localidades que subsisten con censos de menos de 500 habitantes. De ellas, 1.286 ni siquiera pasan de los cien vecinos.

Sánchez Quero estima que a la luz de este informe “es necesaria la aplicación de urgentes políticas de Estado”. Considera imprescindible la adopción inmediata de medidas concretas para sostener e incrementar la población de los pequeños y medianos municipios “no solo por una cuestión de interés social sino también económico”.

El presidente de la FEM ha apelado a la necesidad de realizar un plan nacional contra la despoblación entre Estado, autonomías y FEMP, que se elabore y desarrolle con la voz protagonista de las Diputaciones y de los Ayuntamientos, “que conocen de primera mano la crisis demográfica y son, en su día a día, la ‘punta de lanza’ en la lucha contra la despoblación rural”.

36 pueblos de Almería no llegan a 500 habitantes

El problema de los 51 pueblos de Almería que están en riesgo de extinción según la FEMP no es que tienen pocos habitantes, es que su población se ve diezmada año tras año hasta llegar a situaciones como la contada por Antonio Fernández sobre el municipio de Alcudia de Monteagud, en el que no quedan niños. Un pueblo sin niños es un pueblo sin futuro, un pueblo condenado a la desaparición.

Son 36 los pueblos de Almería que ni siquiera llegan a los 500 habitantes. Uno, Benitagla, no llega la centena. Solo tiene 69 vecinos. Menos de 200 tienen Alcudia de Monteagud, Almócita, Alsodux, Beires, Castro de Filabres, Cóbdar, Laroya y Olula de Castro. Y entre 200 y 500 habitantes están los municipios de Alicún, Armuña de Almanzora, Bacares, Bayárcal, Bayarque, Benizalón, Bentarique, Chercos, Enix, Íllar, Instinción, Líjar, Nacimiento, Padules, Paterna del Río, Rágol, Santa Cruz de Marchena, Santa Fe de Mondújar, Senés, Sierro, Somontín, Suflí, Tahal, Terque, Turrillas, Urrácal y Velefique.

Completan el grupo de 51 pueblos almerienses en peligro de extinción todos los que tienen una población inferior a 1.000 habitantes, que son Albanchez, Alboloduy, Alcoela, Alcóntar, Alhabia, Bédar, Felix, Huécija, Las Tres Villas, Lucainena de las Torres, Lúcar, Ohanes, Partaloa, Taberno y Uleila del Campo.

El día que los pequeños fueron grandes

Cuatro pueblos de Almería tienen menos de 150 habitantes: Benitagla (69), “un lugar tranquilo en una comarca tranquila de la Almería tranquila”, según reza su página web, es el pueblo más pequeño de Almería. Le siguen Beires (114), Alsodux (134) y Castro de Filabres (139). Pero estos pequeños pueblos no siempre fueron tan pequeños; un día, incluso, llegaron a ser ‘grandes’. En el año 1930, por ejemplo, Benitagla tenía nada menos que 381 habitantes. Beires tenía 694 vecinos. Alsodux tenía 570 empadronados. Y Castro de Filabres, 431. Lucainena de las Torres ha pasado en estos años de ser un ‘poblachón’ de 3.080 habitantes a ser un ‘pueblecito’ de 569 habitantes. Eran los tiempos en los que, entonces sí, las escuelas y plazas estaban llenas de chiquillos. Hoy, donde había escuelas se han construido pistas polideportivas… que también siguen vacías.

El compromiso de empadronarse en el pueblo

Muchos alcaldes de pueblos pequeños recurren a una práctica poco ortodoxa para mantener el número de habitantes: pedir a nativos del municipio residentes en otras localidades que se mantengan empadronados en sus pueblos de origen. Según la normativa del padrón de habitantes están obligados a empadronarse en un municipio quienes residen en el mismo durante más de 183 días al año. No ampara la ley a quienes tienen la casa en el pueblo y van de visita los fines de semana. No obstante, los alcaldes de los pueblos ‘receptores’ de estos vecinos suelen ser tolerantes con los colegas de los municipios pequeños, con los que se solidarizan en el esfuerzo por mantener un padrón medianamente presentable.

Los ocho municipios menos poblados de España no llegan a 10 habitantes

Benitagla, el municipio menos poblado de la provincia de Almería, tiene 69 habitantes. Son pocos, pero Benitagla casi es un poblachón si se le compara con el número de personas que tienen otros pueblos españoles. Los pueblos con menos habitantes de España, según el último censo, son Jaramillo Quemado (Burgos) y Villarroya (La Rioja), que tienen cinco habitantes cada uno. El primero llegó a tener 365 vecinos en 1900, y el segundo, 404. Villarroya fue el primer municipio de España en cerrar el colegio electoral en las pasadas elecciones municipales tras votar todos los electores. Fue dos minutos después de la apertura. Su alcalde, Salvador Pérez Abad (PP), se mantiene en el cargo desde las elecciones de 1979. Cada cuatro año hay que convencerle para que presente su candidatura.

Illán de Vacas (Toledo) tiene seis habitantes. Valdemadera (La Rioja) tiene uno más, siete. Con ocho habitantes hay tres municipios en España: Castilnuevo (Guadalajara), Villanueva de Gormaz (Soria) y Estepa de San Juan (Soria). Uno más, nueve, tiene Valtablado del Río (Guadalajara). Emilio Ruiz.