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domingo, 28 de julio de 2013

Griñán, el más culto y menos político de los presidentes

Dicen, quienes le conocen, que José Antonio Griñán ha sido el más culto de los presidentes que la Junta de Andalucía ha tenido. Este mismo fin de semana el profesor Juan Torres incidía en las páginas de El País sobre ese asunto: “Es uno de los políticos españoles en activo mejor preparados, más cultos y con una experiencia más dilatada en la gestión de todo tipo de asuntos y de servicio público”. Yo no sólo no voy a poner en entredicho el bagaje cultural de nuestro presidente, sino que, por la parte que me corresponde y a pesar de la superficialidad de mis conocimientos, no puedo más que ratificar esa tan generalizada apreciación.

Decía Gadamer, el filósofo alemán, que el concepto de cultura flota en una indeterminación singular. Y añadía que ninguno de nosotros es lo suficientemente sabio como para poder decir lo que es cultura. A pesar de ello, creo que, afectivamente, Griñán es un hombre muy culto. Pero se le nota que padece algún tipo de déficit en cultura política. O, por ser más precisos, en cultura política de partido. Del mismo modo que se puede afirmar que Griñán es el más culto de los presidentes que Andalucía ha tenido también se puede afirmar que ha sido el de menos cultura política. O, por decirlo de otra forma, ha sido el menos político de ellos, exceptuando, como es lógico, al primero, Plácido Fernández Viagas, que no procedía del mundo de la política, sino de la judicatura.

He departido en pocas ocasiones con quien va dejar de ser presidente de los andaluces dentro de unos días. Tan pocas, que ha sido en una sola ocasión. Fue una conversación, de seis personas, distendida -tanto que era con mesa y mantel-, por motivos profesionales. Fue en Sevilla, hace ya muchos años. Era consejero de Economía y Hacienda. Le acompañaba otra consejera que, al menos hasta entonces, también era de las menos políticas: Concha Gutiérrez, titular de la Consejería de Obras Públicas y Transportes. Me sorprendió que las primeras palabras de Griñán fueran éstas: “Señores, no estamos aquí para hablar de política; si de política quieren hablar, el lugar elegido no debe ser éste, sino la calle Ferraz”.

Efectivamente, dijo Ferraz, no San Vicente, creo que por error, y por algo más. Las primeras palabras de la consejera Gutiérrez fueron igual de sorprendentes. No me atrevo a entrecomillarlas, como he hecho con las de Griñán, pero estuvieron en la misma línea que su compañero. Vino a decir que su compromiso político no era con un partido, sino con un hombre, Manuel Chaves. Creí entender –no estoy seguro de que no sea erróneamente- que quería decir que “pasaba” del PSOE, pero no de quien la había designado para el cargo de consejera.

Como me sentía desorientado por el giro que estaba tomando la reunión, y estábamos sólo en los inicios, no me pude reprimir. Les dije que tenía entendido que el acto tenía un motivo político y que no llegaba a entender de qué otras cosas podíamos hablar más que de cuestiones políticas. Respondieron que el objeto era informarnos de los planes de sus consejerías para el periodo que se avecinaba. O sea, para hablarnos de política, pero a escala menor. Reconozco, ahora, que fui brusco entonces: “Para eso, tal vez hubiera sido más eficaz una rueda de prensa y mañana lo leeríamos en el periódico”. Además de brusco fui torpe, pues, al final, efectivamente, terminamos hablando de política. Por eso me di cuenta de que Griñán y Gutiérrez eran dos excelentes profesionales poco comprometidos políticamente.

A decir verdad, el carácter “apolítico” de ambos consejeros a mí no me sorprendió. Sí sorprendió a los otros tres colegas que formaban parte de mi bando, pues entendieron lo mismo que entendí yo: que tanto uno como otro se situaban algo al margen del partido que representaban en la Junta. A mí no me sorprendieron porque yo sí conocía sus trayectorias orgánicas dentro del socialismo, que eran igual a cero.

Desde aquel día nunca he visto a Griñán como un político. Siempre lo he visto como un técnico. Un gran y honesto técnico con funciones de político. No me sorprendió nada que Manuel Chaves se fijara en él como sucesor en la presidencia de la Junta de Andalucía. Pero me llevé todas las sorpresas del mundo cuando revindicó la secretaría general partido en Andalucía. ¡Él, que ni siquiera había ocupado un cargo de vocal en una agrupación local, quería ser secretario general de la más importante federación regional del PSOE! Casi ná.

Hay otros episodios que identifican, en mi opinión, el carácter poco político de José Antonio Griñán. Uno de ellos fue el congreso regional de Almería. Me sorprendió el escaso valor que concedía al consenso y la negociación, consustanciales al bagaje de un buen político. Otro, la escasa sensibilidad territorial a la hora de conformar sus gobiernos. Y, por último, este episodio de ahora. El proceso vivido recientemente por el PSOE de Andalucía es una prueba fehaciente de que José Antonio Griñán ha sido el secretario general con menor cultura política de cuantos secretarios generales ha tenido el PSOE en Andalucía. El más culto probablemente sí, pero el más inculto políticamente, probablemente también. Emilio Ruiz.