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sábado, 8 de junio de 2013

Guerra reparte estopa


“No había recibido nunca una llamada telefónica del presidente de la Junta de Andalucía. Es la razón que explica mi sorpresa cuando tras sonar el teléfono móvil escuché la voz de José Antonio Griñán. Pensé que algo grave debería pasar, pero no, el presidente andaluz me pedía que aceptara la distinción que el Gobierno de la Junta había decidido concederme, la de Hijo Predilecto de Andalucía 2011” (Alfonso Guerra, “Una página difícil de arrancar”, Planeta, 2013, p. 611).

Cuesta trabajo creer que quien ha sido una figura esencial en la reconstrucción del socialismo moderno y en la modernización del propio Estado haya tenido que esperar 37 años para recibir una llamada del presidente de su comunidad. Es una prueba más de la controversia que ha rodeado al personaje. Guerra es una de las mentes más preclaras que se pasean por la política activa española. Es una de las cinco figuras claves de la Transición. El último cuarto del siglo pasado, sin él, posiblemente hubiera sido distinto. Ha dotado a la política de un sello de identidad propio, que sus seguidores han convertido en corriente, no oficial: el guerrismo.

Guerra es, digo, un personaje impredecible. Su gran virtud ha sido no dejarse situar dentro del encefalograma plano de quienes ostentan el poder. Siempre ha sido un rebelde. Un rebelde con causa. Es, a la vez, un admirador de sí mismo. Su primer admirador. Pero eso no es un defecto. Es convicción en las creencias propias. El libro da para mucho, y sería tarea vana extractar su contenido en la limitación de estas líneas. Creo que deben leerlo. Todos: los admiradores, para ahondar en el conocimiento del personaje, y quienes le odian –porque Guerra es así, levanta odios o pasiones sin término intermedio-, para valorar su sinceridad. Verán, estos últimos, que no es Guerra el ogro que le han pintado. Emilio Ruiz.