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domingo, 21 de octubre de 2012

Catalanizar España

Una de las mayores desgracias que ha sufrido nuestro país es que lo que ha venido presentándose como “espíritu español” apenas está impregnado de catalanismo, cuando debería haber sido uno de los ingredientes principales. Bien distinto nos hubiese ido, muchas desventuras nos hubiésemos ahorrado, de haber ocurrido así.

No recuerdo quién dijo que la única forma de hacer una nación moderna de España era llenar el país de suizos o ingleses. ¡Y eso teniendo al lado a los catalanes! ¡Qué ceguera! ¡Qué destino! Cataluña ha sido la gran desconocida para el resto de España; desde luego más desconocida que Francia, Italia, Inglaterra o la misma Alemania. Se conoce más la literatura rusa que la catalana, y nuestro conocimiento de Cataluña está hecho a base de cuatro lugares comunes, todos ellos erróneos cuando no agraviantes. Sólo los que por azares de la vida hemos tenido la suerte de que nuestras familias fueran a residir allí pudimos darnos cuenta de las enormes diferencias que hay entre lo que se cree en el resto de España que son los catalanes y lo que son en realidad.

España no tiene que ir fuera de sus fronteras para buscar virtudes cívicas modernas: las tiene dentro de ella misma, en Cataluña. Y no me refiero sólo a la laboriosidad, al sentido organizador y de empresa, a la iniciativa.  Me refiero a algo más valioso y raro: a la mezcla de tradición y modernidad que hace a los países a la vez estables y dinámicos; al espíritu de cooperación, sin el que una nación no pasa de reino de taifas; a la obediencia a la ley, sin la que no hay otra alternativa que la dictadura o la anarquía; al respeto a la intimidad ajena, algo prácticamente desconocido en el resto de España, y que tal vez sea la cualidad más preciosa del espíritu catalán. Todo ello lo necesita España hoy más que nunca, pues son con esos mimbres con los que se teje la auténtica democracia. Sin ellos, de nada sirven Constituciones, partidos, urnas.

Cataluña viene adelantándose durante los últimos siglos al resto de España, y la gran tragedia de ésta ha sido no seguir la dirección que le marcaba, pero nunca trató de imponer, la que a fin de cuentas era la avanzadilla europea.

Cuando oigo decir a personas sensibles, inteligentes, que Cataluña no puede separarse “porque el ejército no lo permitiría” siento como un puñetazo en plena cara. ¿Pero todavía estamos en ésas? ¿Todavía hay que tener sujeta a Cataluña? ¿Todavía no hemos aprendido? No. Cataluña no puede separarse porque la necesitamos hoy más que nunca, y hay que decírselo cuanto antes, bien alto, sin rubores, sin vergüenza. Necesitamos no sólo su industria, su arte, sur organización, su modernidad, sino también su espíritu, su ejemplo, sus líderes, su “seny”.

Y espero que ella también nos necesite a nosotros para ser algo más que un rincón delicioso, cultivado y pintoresco en el Mediterráneo, y proyectar continentalmente, a través de España, el espíritu catalán, que todavía tiene mucho que decir en esta Europa por hacer.

Postdata.- Me va a permitir el lector esta lamentable travesura que acabo de cometer: ni una sola palabra, incluido el titular, del texto anterior es fruto de mi cosecha. Es la reproducción parcial de un artículo publicado el día 3 de febrero de 1978 en la página 11 del diario “Abc”. Su autor no es ningún ideólogo de izquierdas precisamente. Es José María Carrascal, periodista, articulista de “La Razón” y “Abc” y tertuliano de Intereconomía. Emilio Ruiz.