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martes, 7 de agosto de 2012

In memoriam: Juana Gallardo, la telefonista de Los Gallardos

Si hay una persona que siempre será recordada en la breve historia de Los Gallardos –una historia ni siquiera centenaria- por su espíritu de servicio a la colectividad, esa persona será sin duda Juana Gallardo Ruiz, Juana la de Teléfonos. Este pasado domingo se nos fue para siempre, a la edad de 89 años, dejando atrás una estela de disposición plena a sus vecinos del pueblo durante toda su vida.

Juanica, que tan cariñosamente era llamada incluso por los niños del pueblo, era querida y admirada por todos. Y no solamente por ser descendiente de una de las familias que dieron nombre al pueblo -una gallardera de los gallarderos de toda la vida-, sino por ese afán de servir que orientó su vida. Tuvo, además, la fortuna de regir la primera y única centralita telefónica del pueblo, lo que le granjeó la simpatía de los gallarderos de la emigración que tenían en ella la única vía de comunicación con sus familiares.

De Juanica, cada gallardero de treinta años hacia arriba tiene una y mil anécdotas que contar. Como es lógico, las más curiosas y divertidas, sean verdad o sean pura invención, hacen referencia a su indiscreción en las conversaciones entre novios. La realidad era más dura, como ella misma me confesaría hace unos años, en una entrevista para la revista La Cimbra, hablándome de casos concretos en los que tenía que hacer de mensajera de dramáticas noticias. “Siempre se ha dicho en el pueblo, Juana”, le dije, “que interferías con frecuencia en las conversaciones de novios”. Me dijo que era un cliché aplicable al caso, del mismo modo que se lo aplicaban a todas las telefonistas de todos los pueblos, si bien es verdad que al principio de establecerse la centralista casi siempre tenía que estar en medio por los continuos cortes del servicio. “Y es verdad -me dijo-, que mi discreción en ocasiones la echaba a perder, sobre todo cuando las parejas me hacían a mí culpable de sus desavenencias”. Recuerda a propósito Sebastián González Mañas, el panadero de Los Gallardos, que un día, estando en la mili, mientras consolaba por teléfono a Anita, su novia, hoy su mujer, quien se quejaba de que no tenía noticias suyas desde hacía varias semanas, no encontró mejor ocurrencia que decirle que la había llamado al menos cinco veces, que no se explicaba cómo Juanica no le había dado la razón. Lo menos que podía esperar El Lanero era que Juana estuviera en línea. “Perdona, guapo”, le soltó, “pero desde que te hicieron quinto ésta es la primera vez que llamas”, le recriminó Juanica. Anita recuerda que ese día quedó inundada en un mar de lágrimas.

La historia de Los Gallardos es breve y no ha sido siempre tan esplendorosa como nos hubiera gustado. Tal vez por eso valoramos en su justo término los pequeños gestos. Juana Gallardo ocupará siempre una página de emoción en nuestras vivencias, en nuestros recuerdos. Se ha ido de este mundo porque se tenía que ir, pero, si hubiera sido posible, Juanica era una de las pocas personas que había hecho méritos más que suficientes para permanecer eternamente entre nosotros. Emilio Ruiz.