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sábado, 18 de febrero de 2012

Pilar Navarro

Si hacemos un recuento de las decenas de almerienses que, en los últimos años, han ocupado un escaño en el Parlamento de Andalucía podemos caer en la cuenta de que muchos de ellos –la mayoría, tal vez- han pasado por allí con más pena que gloria. Cierto es que estos señores y señoras, antes de alcanzar el tratamiento de ilustrísimos, poco destacaban dentro de la vida empresarial o profesional almeriense. Pro el Hospital de las Cinco Llagas tampoco les mejoró. La presencia de mediocres en las instituciones públicas no se circunscribe al Parlamento de Andalucía. Incluso el Congreso y el Senado dan cobijo hoy a un buen número de señorías a las que no se les conoce mayor mérito que tener un desarrollado sentido de la oportunidad.

Pilar Navarro saltó de la universidad a la política tras un brillante expediente académico. Lo hizo con algo de ingenuidad y sin valorar la complejidad del mundo en el que entraba. Su presencia en las instituciones, primero en el Ayuntamiento y después en el Parlamento andaluz, en la ejecutiva regional del PSOE y en la Fundación Alfonso Perales, que puso en marcha, fue considerada un estímulo para muchos jóvenes, reacios a comprometerse políticamente. Una leve brisa dentro de su partido ha sido suficiente para volverle, a ella y a los demás, a la triste realidad.

La política nunca ha tenido un espacio para Pilar. Sus principios, los principios por los que ella se rige, tienen que ver con el esfuerzo, la preparación, la constancia y la dedicación. Los principios por los que se rige la política son otros. Tienen más que ver con la sumisión, el cinismo y la adulación. No sé qué esperaba Pilar de un partido en el que la recientemente ascendida a vicesecretaria general se enorgullece de no tener título alguno porque la universidad le aburría. Emilio Ruiz.