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sábado, 21 de enero de 2012

En diez minutos

La distancia que separa mi casa de mi centro de trabajo es de diez kilómetros. O sea, diez minutos. A veces, tan poco tiempo da para mucho. Como el viernes. Nada más subirme al vehículo, conecto la radio. Interviene en directo una oyente. “Me dedico, con mi taxi, a llevar enfermos de diálisis al hospital de Toledo por cuenta del Servicio de Salud de Castilla-la Mancha. No me pagan desde marzo. Vivo de lo que me presta la familia y no puedo atender ni la hipoteca de mi casa ni la cuota de la Seguridad Social. Ayer, ésta me comunicó que había embargado mi coche, que debía dejar inmovilizado”. Espeluznante.

Sigo la marcha. En una glorieta a la entrada del pueblo que me acoge han colocado un mástil con una enorme bandera de España. Nada que objetar si no fuera porque me he dado cuenta que la misma situación se está repitiendo en otros muchos pueblos y ciudades de la provincia. Podría ser la bandera europea, o la andaluza o la almeriense, pero no, en todos los casos es la española. Me gustaría saber si es que hay alguna “circunstancia sobrevenida” que aconseje este manifiesto de amor patrio.

Me bajo del coche y entro en la oficina. Primera noticia que me dan: una empresa amiga, que forma parte de la UTE que construye la variante de Albox, de la autovía del Almanzora, no ha aguantado el tirón y ha presentado concurso de acreedores. Segunda noticia: otra empresa amiga, de Almería, eficazmente gestionada, del sector de la construcción, está a punto de hacer lo propio porque dos ayuntamientos de la provincia le han asfixiado económicamente con sus impagos. Tres docenas de padres de familia irán a engrosar las insaciables listas del paro. ¡Más madera!

Y todo esto, en diez minutos, ya digo. Empieza el día, y el cuerpo, no sé, se me antoja revuelto.