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domingo, 16 de octubre de 2011

El PSOE, socialista y obrero

Emilio Ruiz
www.emilioruiz.es

El PSOE es un partido socialista y obrero no solo por nominación, sino también por definición estatutaria. Lo dicen claramente sus estatutos: “El Partido Socialista Obrero Español es una organización política de la clase trabajadora y de los hombres y mujeres que luchan contra todo tipo de explotación, aspirando a transformar la sociedad para convertirla en una sociedad libre, igualitaria, solidaria y en paz que lucha por el progreso de los pueblos”. Alfonso Guerra, en los inicios de la transición democrática, simplificaba esta definición diciendo que el PSOE era “el partido de los descamisados”.

Con su llegada al poder, en 1982, tras cincuenta años en la clandestinidad, primero, y en la oposición, después, el PSOE tuvo la oportunidad de hacer realidad su proyecto ideológico. Entre 1982 y 1996, los catorce años ininterrumpidos de gobierno socialista, Felipe González hizo de la vieja España un país nuevo. El P. I. B. pasó, en pesetas corrientes, de 19,7 billones a 73,7 billones. Se produjo una desagrarización de la población activa, pasando de 2.043.000 agricultores (15,7 % de la población activa) a 1.052.000 (7,8 %). La renta por habitante de los españoles pasó del 72 % de la UE de los 15 al 80 %. Se incorporaron a la actividad laboral 2,3 millones de mujeres por tan solo medio millón de hombres. Desde la perspectiva actual y desde las perspectivas en las que se estudiarán en el futuro, aquella época es y será considerada una auténtica revolución.

En aquel periodo, el clásico abanico de clases sociales (alta-media-baja) se ensanchó notablemente –y así sigue, afortunadamente- por la zona media, estableciéndose ésta en una enorme plataforma en la que caben tanto la clase media baja y la clase media-media (oficinistas, funcionarios) como la clase media alta (profesionales liberados, ejecutivos). La clase baja disminuyó hasta dejarla reducida a las profesiones manuales y operarios sin cualificación.

Pues bien, a pesar de esta nueva realidad social, que se prolonga en el tiempo hasta nuestros días y que es fruto en su mayor parte de las políticas desarrolladas por gobiernos socialistas (el paréntesis de gobierno de Aznar no sólo no invirtió la tendencia, justo es reconocerlo, sino que la mantuvo y la enraizó) somos muchos quienes tenemos la impresión de que cierto PSOE sigue anclado en su viejo discurso, aquél de los históricos principios esenciales, el de “el partido de los descamisados”. Ha resucitado la arcaica dicotomía de los ricos y los pobres, pero, sin embargo, no llega a definir claramente cuál es la frontera que separa a unos de otros. Porque no lo sube. Y porque la confusión mental –ideológica- en la que se encuentra sumido le hace querer situarse en tierra de nadie. ¿Es la recuperación del trasnochado Impuesto de Patrimonio la línea que, según el PSOE, separa a ambos mundos? Pues si es así, fíjense por dónde tenemos un gobierno gobernado por ricos. Al menos, eso es lo que dicen las declaraciones de bienes hechas públicas días atrás. El mismo Alfonso Guerra, el dueño del copyright, lejos de ser un descamisado, sería un rico, a juzgar por el patrimonio que debe haber acumulado durante sus muchos años de diputado con un sueldo de “ricos”. ¿Se puede considerar rico un matrimonio de profesionales con nómina, cada uno de ellos, de dos o cuatro mil euros al mes? Para un desempleado, sin duda. Parece que para cierto PSOE, tampoco hay duda.

José Luis Rodríguez Zapatero alcanzó el Gobierno de España por la obtención de una gran cantidad de votos ideológicos, puramente políticos. No eran votos de descontentos por una situación económica o de precariedad social. Aznar no recortó derechos sociales. Eran votos de quienes estaban hartos de una forma de gobernar. La guerra de Irak y el atentado de Atocha marcaron un punto de inflexión, pero ya antes el líder del PP se retrató en los fastos de la boda de su hija. De ZP se esperaba un aire fresco, renovador, en lo ideológico, y en lo económico, no hacer grandes mudanzas. Pero pronto, en vez de administrar adecuadamente la herencia recibida y seguir modernizando el Estado en base a una situación económica que nos era favorable, se dedicó a regalar indiscriminadamente los dineros públicos (los 400 euros, el cheque-bebé…) y a abrir frentes de debate nacional que lo único que aportaban eran un deterioro de la convivencia ciudanana (memoria histórica, reformas estatutarias, transferencia de competencias sin sentido, reforma fiscal…).

Una de las primeras cuestiones que debe plantearse este nuevo PSOE, el PSOE de Rubalcaba, es determinar cuál es su base electoral, que debe ser, lógicamente, su base social. Lo hecho hasta ahora no apunta al optimismo. Sigue empeñado en utilizar un lenguaje que es arcaico y no mueve un ápice por recuperar la gran base electoral de las clases medias que sus propias políticas pretendían crear y que han creado. El empleo abusivo del antagonismo ricos/pobres en clave socialista está dando lugar a que, hoy y en estas condiciones, se cree la conciencia de que quien tiene un puesto de trabajo y quien la logrado estabilizar económicamente su vida, gracias principalmente a las políticas socialistas, se sitúe ideológicamente en el lado de los afortunados. De los ricos. Es decir, de “los otros”. Dicho de otra forma y en clave localista: El PSOE nunca ha aspirado y nunca debe ni va a aspirar a obtener la confianza de los electores que votan en los colegios electorales del Paseo de Almería y de Puerta de Purchena. Pero nunca debe renunciar a obtener los votos de los colegios donde residen las nuevas clases medias, que ya no son barrios obreros y desarraigados, sino barrios modernos y bien dotados. La preocupación por los desamparados, por los dependientes, por los “descamisados”, en definitiva, que es la seña de identidad socialista, no debe ir nunca en detrimento de quienes son el principal motor de las sociedades modernas, sus clases medias. Éstas, hoy, del PSOE reciben mensajes escasos y confusos. Y unas elecciones no se ganan si no les presentamos, también a ellas, un mensaje de ilusión.