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sábado, 15 de octubre de 2011

Austeridad

Emilio Ruiz
www.emilioruiz.es

Cuentan las crónicas que, la semana pasada, el presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, citó en Bruselas a ocho presidentes de comunidades autónomas españolas para conocer su opinión sobre la crítica situación que sufrimos. Terminada la reunión, les invitó a un almuerzo. Y cuentan, también, que Durao observó cómo, al entrar al comedor, se encontró allí con 56 comensales que no conocía. “¿Y éstos?”, preguntó. “Es el séquito de sus invitados, señor”. El nuevo presidente balear, el “escandalizado” Bauzá, iba con trece. El “austero” extremeño Monago, con diez. El lehendaki, con once. Griñán, con cinco. Rivero, con siete. Etcétera.
Durao Barroso, con los
 presidentes autonómicos

Hace ahora treinta años tomé la más ingenua de mis decisiones: aceptar ser alcalde de mi pueblo. Recuerdo que un día me llamó el gobernador civil, Tomás Azorín, para decirme que quería hacernos una visita. Para su recepción, apenas pude reunir a un par de concejales. Los demás no pudieron, estaban en su trabajo, y “lo primero es lo primero”. Le esperamos a la puerta del ayuntamiento con una docena de jubilados y “la pareja”. Azorín se presentó en un modesto coche sentado junto al chófer, su único acompañante. La siguiente visita, siendo ya presidente de la Diputación, resultó aún más austera. Fue por las fiestas. Venían él y su mujer en su coche particular.

Detesto toda la demagogia que se hace con esto de los sueldos de los cargos públicos y el uso de los coches oficiales. Porque es cierto que con lo que supone un solo punto de diferencial en la prima de riesgo hay más que suficiente para pagar todo eso y mucho más. Pero, en unos momentos en los que millones de familias se las ven y se las desean para llevar a su casa algo que comer, los gestos importan, y no poco. Y la insensibilidad de algunos gobernantes raya en la sinvergonzonería.