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sábado, 6 de agosto de 2011

Antonio Orejudo



Emilio Ruiz



Tengo un defecto: me pasa como a esos tertulianos que invaden las cadenas de radio y televisión, que, sin recato alguno, primero nos advierten que no tienen pajolera idea de economía, pero que ello no es óbice para, a continuación, disertar sobre la materia un par de horas. Yo, de Antonio Orejudo, no he leído casi nada, pero ello tampoco es óbice para que hoy hable de él.

Dicen quienes conocen su obra que, de entre ella, destaca Ventajas de viajar en tren (2000). Otros están con Reconstrucción (2005). A mí me gustaba el Orejudo articulista, el único que conocía. Un día supe que era profesor de la Ual y me hice la misma pregunta que cuando por aquí arribó Virgilio Zapatero: ¿Y éste, aquí? Después publicó Almería, crónica personal (Fundación José Manuel Lara, 2008), que terminó de desorientarme. Y así sigo. Aún no sé si es una crónica valiente de denuncia de nuestras debilidades, ésas que nuestros ojos ven todos los días y que interpretamos con juicios de clemencia, o es el espejo en el que se mira un triste hombre que huye despavorido y recala al sur del sur, y no más al sur porque entonces se caería al agua. Héroe o villano, no sé cómo demonios interpretar a ese Orejudo.

Ahora, en la librería de la T-4, tropiezo con Un momento de descanso (Tusquets, 2011). Me sobrepasa. No entiendo ese estilo directo de dice, digo. Y, como no lo entiendo, no lo juzgo. Engancha la agilidad narradora. Menudo pollo el que le montan al profesor Cifuentes. Pero entre la primera parte y la segunda y entre ésta y la tercera parece que ha actuado un hacha que dificulta la continuidad. No sé si él, el personaje Orejudo, se ha incrustado en el relato. Si así fuera, su aprecio por la universidad es más bien de baja tensión.

Pienso, a partir de ahora, seguir a este hombre. Tiene un no sé qué que atrae.