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sábado, 2 de abril de 2011

El crucifijo de Diputación



Emilio Ruiz


Haciendo zapping por el dial me encuentro, el martes, con que ACL Radio retransmite el pleno de la diputación. Lo detengo durante un rato, más que nada por saber cómo andan los ánimos, adentrados, como estamos, en vísperas de unas elecciones. Qué delicia. El pleno era un mosaico de buenas maneras, de corrección, de política de nivel. Así da gusto, la verdad. Llegado el punto de ruegos y preguntas, el diputado de IU Antonio Romero planteó el tema del crucifijo. Lo hizo con cortesía y defendiendo su postura con razonamientos adecuados. De igual modo respondieron los portavoces del resto de grupos. Todo correctísimo. Por eso me extrañó ver, al día siguiente, tanto ensañamiento con el diputado de IU.


Posiblemente sea verdad que, treinta y dos años después de disfrutar de las bondades de un estado laico, aún no ha llegado el momento de quitar los crucifijos de todos los espacios públicos. Pero no somos ingenuos: para un grupo de españoles, aún que pasen cien años, el momento adecuado nunca va a llegar. En el fondo, les cuesta aceptar que ser tolerantes consiste precisamente en lo contrario de lo que predican: en no imponer a toda la ciudadanía los símbolos de las creencias religiosas o políticas de una parte de la misma. ¿Qué diría un concejal popular si el salón de plenos de diputación estuviera presidido por el puño y la rosa socialista? ¿O qué diría un concejal socialista si el del ayuntamiento lo estuviera por la gaviota popular? Dirían que estamos todos un poco locos. Pues no le veo mucha diferencia con el caso del crucifijo.


Esta vez, un presunto valor artístico, de dudosa aplicación al caso, ha cerrado el debate. Pero sólo de forma provisional. La solución definitiva vendrá cuando aceptemos todos, todos, que ninguna creencia religiosa o política, por querida que sea, debe disfrutar de privilegios que negamos a las demás.