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sábado, 20 de noviembre de 2010

La Ley de Morosidad

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es
No sé si sabe usted, querido lector, que las administraciones públicas españolas son las administraciones públicas europeas que peor pagan a sus proveedores: 153 días de plazo medio, frente a los 63 días de la media europea. Dicen los expertos que si nuestros organismos públicos pagaran sus deudas en los plazos legalmente establecidos, la economía productiva española recibiría de golpe nada menos que 10.000 millones de euros, con lo que ello supondría de generación de riqueza y, por ende, de actividad y de empleo. ¿Y las empresas privadas, por su parte, cómo pagan? A 100 días, que también es mucho.

Para evitar estos despropósitos, se ha promulgado la Ley 15/2010, de Morosidad, que sustituye a otra de 2004, de nula efectividad. Esta nueva ley es muy exigente: a partir de ahora, las administraciones públicas tienen que pagar a sus proveedores en un plazo máximo de 60 días (que serán 50 en 2011, 40 en 2012 y 30 en 2013) y las empresas privadas tienen que pagar a sus proveedores en un plazo máximo de 85 días, que también se irán acortando en años sucesivos.

¿Cuál es el problema que se crea ahora? Pues que esta ley es tan exigente que las empresas que no la cumplan recibirán fuertes sanciones económicas. Y eso está bien. Pero, ¿qué hacemos si quienes no la cumplen son las administraciones públicas, qué sanción le ponemos, cuál es el grado de responsabilidad de sus dirigentes? Dice la ley que, para estos casos, “el Interventor General del Estado y los tesoreros o interventores de las corporaciones locales elaborarán trimestralmente un informe sobre el cumplimiento de los plazos de pago”. Bueno, ¿y qué?, ¿con el informe resolvemos el problema? Porque vamos a ver: si yo soy un empresario que trabaja para la Administración, y ésta no me paga, y yo sí tengo que pagar a mis proveedores, ¿hacia dónde va mi empresa? Hacia el precipicio, claro. Es lo que está pasando en muchos casos. La Administración, por sistema, exige mucho a sus administrados, pero se exige poco a sí misma. Y eso no puede ser.