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martes, 17 de agosto de 2010

El vecino del sur


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es

Desde principios de este verano los medios de comunicación españoles dan soporte a una ambiciosa campaña del reino de Marruecos, promovida por su ministerio de Industria, Comercio y Nuevas Tecnologías, encaminada a conseguir la inversión de nuestras empresas en el país vecino como “una posible solución frente a la crisis”. En los spots publicitarios, Marruecos se presenta como un país moderno que ha acelerado notablemente su apertura económica y que pretende la incorporación plena al Mercado Único Europeo. “La idea”, dice el ministro, Ahmed Chami, “es llegar a cumplir para Europa el mismo papel que México para Estados Unidos”, y el slogan de la campaña es bastante pretencioso: “Estamos preparados para recibirles”. Pero ésta es la cuestión clave: ¿está Marruecos preparado para recibirnos?

Hoy, hay una realidad incuestionable. La cercanía geográfica de Marruecos, su estabilidad política, los bajos costes de la mano de obra, su potencial de crecimiento, la situación geo-económica y el plan de reformas institucionales en que se encuentra inmerso, junto a las cordiales relaciones diplomáticas que, salvo contadas excepciones, siempre hemos tenido, han hecho de España el segundo inversor extranjero tras Francia. España exporta ahora mismo a Marruecos más que a México, más que a Brasil y Argentina juntos y más que a China e India juntos, y en un porcentaje similar al conjunto del resto de países del norte de África. El 2 % de nuestras exportaciones se hacen al país alauita y todos los indicios apuntan a que se ese porcentaje se verá incrementado notablemente en los próximos años.

Marruecos necesita a España como lugar cercano de apertura hacia Europa, que es de donde le pueden venir sus principales recursos de prosperidad, y España necesita a Marruecos como un mercado alternativo para su economía. Pero para que estas relaciones se mantengan es necesario que ambos países se doten de un marco de amistad sincera, de estabilidad y confianza. Y para ello Marruecos debe despojarse definitivamente de los prejuicios que mantiene hacia nuestro país. Situaciones como la que estos días se están viviendo en la frontera de Melilla y las que periódicamente se viven con reivindicaciones territoriales absurdas no ayudan a crear ese clima. Como tampoco ayudan ciertas deudas pendientes que el estado marroquí tiene que saldarse consigo mismo. Estamos hablando de su deficiente sistema judicial, de su inseguridad jurídica, de su carencia en materia de formación y, sobre todo, de sus desorbitados niveles de corrupción.