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miércoles, 13 de enero de 2010

El andaluz y la corrección

Luis Cortés
Catedrático de Literatura de la UAL

El pasado treinta de diciembre un colaborador asiduo de este periódico, Emilio Ruiz, tuvo la generosidad de referirse con esplendidez a las columnas que bajo el epígrafe «El español que hablamos» vengo publicando desde hace unos meses. Al mismo tiempo, me animaba a que dedicara alguna a responder esta cuestión: ¿cómo respetar nuestro dialecto en los medios de comunicación sin herir el español correcto? Aunque no sé si bien, voy a intentar hacerlo en este momento. Me valdré para ello de una anécdota y dos puntualizaciones.

La anécdota es muy conocida entre los estudiantes y profesores de las disciplinas filológicas; la cuenta Manuel Alvar, uno de los dialectólogos más prestigiosos del mundo hispánico. Hacía Don Manuel las encuestas para la elaboración del Atlas Lingüístico y Etnográfico de las Islas Canarias, cuando un informante de la isla de La Palma, ante la pregunta ¿qué se habla aquí?, le contestó que allí hablaban español «porque castellano no lo sabemos hablar». En la respuesta de aquel palmero, no solo tenemos una gran intuición sino parte de la respuesta que quiero dar a Emilio Ruiz. Nosotros no sabemos hablar castellano, término que designa una variedad del diasistema del español en la misma medida y proporción que lo es el andaluz, canario, murciano o cualquiera de los modelos lingüísticos correspondientes a cada uno de los países de la América española. Todas estas variedades conforman lo que entendemos por español, por lo que todas ellas son ‘igualmente español’, si bien cada uno de nosotros hablará la propia del lugar de su nacimiento; así, los andaluces no sabremos hablar castellano, ni los castellanos, andaluz, por ejemplo. Unos y otros podremos remedar algunos aspectos de la otra variedad, aunque no hablarla.

La primera puntualización es que en Andalucía no existe un habla única. Andalucía no es un territorio unitario ni geográfica, ni histórica ni cultural, ni lingüísticamente. El léxico sirve muchas veces para indicar las distintas repoblaciones y los distintos factores históricos, sociales y políticos que son la causa de la diversidad andaluza. Por ejemplo, para decir el concepto «náuseas» en la Andalucía occidental se prefiere «fatiga», en la central, Córdoba, Málaga, Oeste de Jaén y Oeste de Granada «ansias» y los de Andalucía oriental preferimos «angustia». Por tanto, si queremos expresarnos con mayor propiedad hemos decir que el dialecto andaluz está configurado por un conjunto de hablas que tienen rasgos comunes y rasgos diferenciales entre sí. Las hablas son variedades dentro de un conjunto de variedades. De este modo, el habla de Almería es muy diferente de la de Cádiz o de Sevilla. Pero, además, incluso en la propia ciudad de Almería cabe hablar de diferencias entre barrios, por ejemplo la Pescadería. La diversidad del andaluz –si este existe como dialecto- se manifiesta también en Almería.

La segunda puntualización tiene que ver con lo dicho en algún artículo anterior: creo que en buena parte se ha superado esa vieja creencia de que la gente que hablaba la norma castellana lo hacía mejor que nosotros. De hecho cuando antiguamente se decía de ellos que hablaban «fino», estábamos admitiendo que nosotros –los andaluces- hablábamos «basto» o sea de forma más tosca, grosera, etc. Esto está desapareciendo, afortunadamente. Hablar bien no depende, ni mucho menos, de la variedad –andaluza, murciana, castellana, etc.- sino de la riqueza y adecuación léxica, de la forma de conectar los actos discursivos, de la manera de manejar las pausas, etc. Felipe González, Vargas Llosa o Jorge Valdano hablan un español excelente y siguen todos la norma meridional, es decir, la nuestra.

Dicho todo lo cual, su pregunta ¿cómo respetar nuestro dialecto en los medios de comunicación sin herir el español correcto? se contesta sola: utilizando un buen andaluz; y un buen andaluz es aquel que –como en el caso del castellano, murciano o extremeño- sabe prescindir de las variantes más intensificadoras, más apartadas de la norma estándar del español, que son las más cerradas y las que menos prestigio tienen socialmente. Por tanto, esos periodistas andaluces que imitan a los ciudadanos de León o de Valladolid hacen un esfuerzo innecesario, sin razón alguna de ser, aunque es verdad que menos aún la tienen quienes –con más frecuencia todavía- potencian ese otro andalucismo que nos separa de lo que es común al resto de los hispanohablantes: el andaluz del «arcarde», del «comío», de la «sebá tostá» o de la «harina la carmita».

Hablemos, por tanto, en nuestros medios de comunicación cada uno la norma culta de nuestra habla local. Todos nos entenderemos y nos entenderemos muy bien. Y es que el andaluz, cuando es un buen andaluz, suena maravillosamente bien… y es un magnífico español. Emilio, ¿he sabido responder a su pregunta?