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domingo, 24 de enero de 2010

Copiarse en los exámenes

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es

El Consejo de Gobierno de la Universidad de Sevilla ha aprobado su “Normativa reguladora de la Evaluación y Calificación de asignaturas” que garantiza a los alumnos el derecho a terminar un examen aunque durante la realización del mismo el estudiante sea sorprendido copiando. Nada más hacerse pública la nueva norma, las reacciones no se han hecho esperar. Algunas de ellas bien intencionadas y otras aprovechando la ocasión para echar otro borrón sobre la denostada calidad de la enseñanza pública. Éstas no han tenido escrúpulo alguno en manipular el acuerdo de la Hispalense trasladando a la opinión pública algo muy diferente de la realidad: el reconocimiento del alumno del derecho a copiar. El diario “El Mundo”, tan presto a despreciar todo lo que huela a enseñanza pública, ha hecho a sus lectores una maléfica y manipuladora pregunta: “¿Considera adecuado que la Universidad reconozca el derecho a copiar?”

Las reacciones de los responsables educativos entran dentro de lo políticamente correcto, como no podía ser de otra forma: “Fomenta la trampa”, ha dicho Martín Soler; “el que copia hace trampas y el tramposo no es un ciudadano respetable”, ha afirmado Griñán; “copiar no tiene nada que ver con el esfuerzo ni la honestidad”, ha sido la respuesta de María del Mar Moreno. El Ministro de Educación, Ángel Gabilondo, ha sido menos drástico y en vez de condenar a nadie ha apostado por fórmulas de evaluación “que no dependan de copiar o no copiar”. El pasado jueves, en este periódico, este columnista se subió al carro de las opiniones en forma que le ha proporcionado una buena reprimenda de un lector amigo: “Es inadmisible que frivolices con un tema tan serio”.

Pues bien, me niego rotundamente a criminalizar un hecho tan ordinario y propio de la vida de estudiante como es copiar en un examen. Decía en ese artículo que copiarme ha sido un hecho frecuente en mi vida estudiantil, y no tengo por ello conciencia de ser un tramposo, y, por supuesto, creo que soy un ciudadano respetable. Mi paso por la Escuela de Magisterio se ha visto arrastrado por dos enormes carencias en su aprendizaje: las Artes Plásticas y la Química. La primera la superé gracias a la bondad de una compañera virgitana, María Vaca, que era una auténtica figura en el dibujo artístico (por cierto, Mari, ¿dónde andas, que no sé nada de ti?). Era tan hábil que, en el mismo tiempo que los demás alumnos hacían un examen, ella hacía dos. El bueno, se quedaba con él; el malo –que no era menos bueno-, era para mí. Y los dos aprobábamos. Para superar la segunda, la Química, me tuve que valer de medios más sofisticados, que necesitarían de una larga explicación. En compensación por este beneficio propio, limpio mi conciencia trayendo a mi recuerdo a otra compañera, la veratense Paquita Cañadas, que siempre que puede me recuerda que si no hubiera sido por aquel examen que le pasé –y que, de verdad, no sé cuál fue- no sería ahora maestra. Ni Mari Vaca, ni Paquita Cañadas ni yo mismo hemos sido peores o mejores maestros porque en momentos determinados de nuestras carreras hayamos recurrido a las viejas artes de copiar y ser copiados.

Será por esta experiencia personal por la que nunca he sido muy autoritario con mis alumnos que se copian. “Es más –decía en mi artículo en un tono desmedido de exageración- incluso les he aconsejado que lo hagan cada vez que puedan”. “Pero que no les pille”, apostillaba. La carrera de un estudiante o el aprobado de un curso o de una asignatura no debe depender del acierto en un examen, razón por la que creo que hay que restar trascendencia al hecho de copiarse en un momento concreto. Mis ideas de evaluación del conocimiento y de la aptitud se aproximan más hacia las expresadas por Ángel Gabilondo. Eso de “en este examen os jugáis el curso” nunca ha ido conmigo.

Derecho a copiarse, en definitiva, no, nunca, jamás; pero a mandar al paredón –o echar del aula- a un alumno que recurre a una chuleta, tampoco. La enseñanza debe ser, ciertamente, escuela de formación de ciudadanos honestos, libres y respetuosos con las leyes. Pero nunca debemos olvidar que es y siempre va a ser consustancial con la vida del estudiante bordear la sumisión a las normas establecidas. Porque la vida profesional que después le va a venir no está escrita solo en blanco y negro, va a tener también sus matices, colores y relatividades.