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sábado, 30 de enero de 2010

Es país de pillos

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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Cuenta La Voz de Almería que cuatro personas –“individuos”, dice- han sido detenidos por la Guardia Civil por intentar cobrar a un empresario –no a otro “individuo”, claro- una deuda que mantenía con una empresa de El Ejido. Según la denuncia, los cobradores utilizaban métodos que el deudor considera coactivos para el empresario y su familia. Lógicamente, será la justicia quien determine si esto es así o, más bien, el empresario lo que sentía era molestia de ver cómo todos los días iban a su casa a pedirles que pagara una deuda que parece que tenía.

Como no conozco el hecho, del mismo ni quiero ni puedo opinar. Pero sí me gustaría denunciar el caso de muchos ladrones de cuello blanco que se aprovechan de la situación delicada que sufren muchas familias y empresas para sumergirse en ese mundo revuelto y hacer su agosto particular. Son expertos en el oficio de crear empresas con capitales sociales mínimos, que mantienen activas poco tiempo, el justo para obtener provecho propio a costa del dinero que corresponde a sus proveedores y a Hacienda y la Seguridad Social. Cobran y no pagan, y así se puede ver cómo, mientras sus acreedores se desesperan, ellos, y sus niños y señoras, estrenan coches de lujo y visitan con asiduidad los mejores restaurantes y celebran con esplendor cualquier evento familiar.

Es cierto que a estos ladrones de cuello blanco no se les puede extorsionar para cobrar su deuda, porque eso está penado. Pero algo tendrá que hacer la justicia con ellos. Es gente que se mueve en los negocios con una impunidad descarada, han encontrado los flecos por los que pueden eludir sus obligaciones y viven de puta madre mientras sus acreedores enrabian sin nada poder hacer. Éste, dicen algunos, es país de pillos. Y es verdad.

domingo, 24 de enero de 2010

Copiarse en los exámenes

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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El Consejo de Gobierno de la Universidad de Sevilla ha aprobado su “Normativa reguladora de la Evaluación y Calificación de asignaturas” que garantiza a los alumnos el derecho a terminar un examen aunque durante la realización del mismo el estudiante sea sorprendido copiando. Nada más hacerse pública la nueva norma, las reacciones no se han hecho esperar. Algunas de ellas bien intencionadas y otras aprovechando la ocasión para echar otro borrón sobre la denostada calidad de la enseñanza pública. Éstas no han tenido escrúpulo alguno en manipular el acuerdo de la Hispalense trasladando a la opinión pública algo muy diferente de la realidad: el reconocimiento del alumno del derecho a copiar. El diario “El Mundo”, tan presto a despreciar todo lo que huela a enseñanza pública, ha hecho a sus lectores una maléfica y manipuladora pregunta: “¿Considera adecuado que la Universidad reconozca el derecho a copiar?”

Las reacciones de los responsables educativos entran dentro de lo políticamente correcto, como no podía ser de otra forma: “Fomenta la trampa”, ha dicho Martín Soler; “el que copia hace trampas y el tramposo no es un ciudadano respetable”, ha afirmado Griñán; “copiar no tiene nada que ver con el esfuerzo ni la honestidad”, ha sido la respuesta de María del Mar Moreno. El Ministro de Educación, Ángel Gabilondo, ha sido menos drástico y en vez de condenar a nadie ha apostado por fórmulas de evaluación “que no dependan de copiar o no copiar”. El pasado jueves, en este periódico, este columnista se subió al carro de las opiniones en forma que le ha proporcionado una buena reprimenda de un lector amigo: “Es inadmisible que frivolices con un tema tan serio”.

Pues bien, me niego rotundamente a criminalizar un hecho tan ordinario y propio de la vida de estudiante como es copiar en un examen. Decía en ese artículo que copiarme ha sido un hecho frecuente en mi vida estudiantil, y no tengo por ello conciencia de ser un tramposo, y, por supuesto, creo que soy un ciudadano respetable. Mi paso por la Escuela de Magisterio se ha visto arrastrado por dos enormes carencias en su aprendizaje: las Artes Plásticas y la Química. La primera la superé gracias a la bondad de una compañera virgitana, María Vaca, que era una auténtica figura en el dibujo artístico (por cierto, Mari, ¿dónde andas, que no sé nada de ti?). Era tan hábil que, en el mismo tiempo que los demás alumnos hacían un examen, ella hacía dos. El bueno, se quedaba con él; el malo –que no era menos bueno-, era para mí. Y los dos aprobábamos. Para superar la segunda, la Química, me tuve que valer de medios más sofisticados, que necesitarían de una larga explicación. En compensación por este beneficio propio, limpio mi conciencia trayendo a mi recuerdo a otra compañera, la veratense Paquita Cañadas, que siempre que puede me recuerda que si no hubiera sido por aquel examen que le pasé –y que, de verdad, no sé cuál fue- no sería ahora maestra. Ni Mari Vaca, ni Paquita Cañadas ni yo mismo hemos sido peores o mejores maestros porque en momentos determinados de nuestras carreras hayamos recurrido a las viejas artes de copiar y ser copiados.

Será por esta experiencia personal por la que nunca he sido muy autoritario con mis alumnos que se copian. “Es más –decía en mi artículo en un tono desmedido de exageración- incluso les he aconsejado que lo hagan cada vez que puedan”. “Pero que no les pille”, apostillaba. La carrera de un estudiante o el aprobado de un curso o de una asignatura no debe depender del acierto en un examen, razón por la que creo que hay que restar trascendencia al hecho de copiarse en un momento concreto. Mis ideas de evaluación del conocimiento y de la aptitud se aproximan más hacia las expresadas por Ángel Gabilondo. Eso de “en este examen os jugáis el curso” nunca ha ido conmigo.

Derecho a copiarse, en definitiva, no, nunca, jamás; pero a mandar al paredón –o echar del aula- a un alumno que recurre a una chuleta, tampoco. La enseñanza debe ser, ciertamente, escuela de formación de ciudadanos honestos, libres y respetuosos con las leyes. Pero nunca debemos olvidar que es y siempre va a ser consustancial con la vida del estudiante bordear la sumisión a las normas establecidas. Porque la vida profesional que después le va a venir no está escrita solo en blanco y negro, va a tener también sus matices, colores y relatividades.

sábado, 23 de enero de 2010

El inglés multimillonario

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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Mojácar tiene una peculiaridad que le distingue de los demás pueblos de la provincia: le das una patada a una piedra y salen tres partidos políticos. Cada clan familiar, cada grupo étnico, cada colectivo social, cada peña de amigos, cada poder fáctico… tiene su partido político. En las pasadas elecciones municipales creo que fueron doce las candidaturas presentadas. En consecuencia, el voto resultó enormemente fragmentado, y, por ende, la representación municipal desparramada. Entra dentro de la normalidad mojaquera formar equipos de gobierno tripartitos, cuatripartitos y hasta quintapartitos, con mezcolanzas de colores ideológicos, como también es normal el trasvase de concejales de unas formaciones políticas a otras. Todo el mundo se ha dado cuenta de la importancia que puede tener poseer un acta de concejal y por eso todos tienen ese deseo. Un concejal, tan solo un concejal, puede ser determinante para el gobierno municipal. Y un concejal no son mucho más de doscientos votos. Es decir, la familia, los amigos y cuatro vecinos.

A falta de dos años para las elecciones municipales, los susodichos grupos empiezan a calentar motores. El primero que se ha presentado en sociedad viene de la mano de José Luis Cano, que, cómo no, ha sido, o es, o será, no sé, concejal por dos o tres formaciones diferentes. Cano no se ha andado con ambages, y, para evitar equívocos, nos dice cuál es su aval: “El impulso de este proyecto –ha informado con una naturalidad que puede espantar en cualquier otro sitio del planeta, pero no aquí- es de un inglés multimillonario que ha decidido vivir en Mojácar y que ve cómo el potencial turístico del municipio ha decaído muy gravemente en los últimos años”. Pues nada, bienvenido, multimillonario inglés, eres el primero en la lista. ¡Que pase el siguiente! ¡Ay, Mojácar, Mojácar…!

miércoles, 20 de enero de 2010

Martín Soler, contra los “tramposos”

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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La que se ha liado. Resulta que la Universidad de Sevilla ha aprobado un reglamento que incorpora una novedad “disparatada”, según calificación de Martín Soler, que, no se olvide, es el Consejero responsable de las universidades andaluzas: a partir de ahora, los alumnos que sean sorprendidos copiando pueden continuar el examen. Dice Soler que una medida como ésta favorece a los tramposos y deteriora la autoridad del profesor. “No debe confundirse democracia con anarquía”, ha rematado. La práctica habitual, hasta ahora, era expulsar a un alumno si se le cogía in fraganti. Ahora no, excepto que perturbe el normal desarrollo del examen.

No entiendo el enfado del Consejero. Ni como discente ni como docente que he sido durante muchos años. Como alumno, la práctica del arte de copiar me ha sido más útil que muchas asignaturas. Solamente me cogieron una vez, y fue don Pedro Vílches, que daba matemáticas en el Colegio Diocesano. Ojeó mi sofisticada chuleta y dejó que continuara el examen. Al terminar, me pidió que esperara en la puerta del aula. Me llamó cuando todos terminaron. “¿Usted cree –me preguntó- que necesita hacer eso para aprobar el examen?”. “No le quepa la menor duda, don Pedro, si no fuera así, nunca lo haría”. Me aprobó. Como maestro, nunca he prohibido a mis alumnos que se copien. Es más, incluso les he aconsejado que lo hagan cada vez que puedan. Pero siempre les he advertido: que nunca os pille, porque entonces la calabaza está asegurada. Un alumno que no sabe ni copiarse no merece ser aprobado. Es mi opinión. Por cierto, ¿de verdad, Martín, que nunca te has copiado? Perdona, pero no me lo creo.

sábado, 16 de enero de 2010

¡Vaya semanita!

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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Lunes. Bien empezamos. Un juez ordena el derribo de ocho viviendas en Albox. ¿Se quieren dar cuenta de que es insoportable este goteo de noticias sobre derribos de viviendas? Hay problema, pues solucionémoslo. Pero de una vez.

Martes. El Poli municipal, en quiebra. Elsur y filiales, sin blanca. Los trabajadores, tiesos, y el alcalde, detenido. Comprenderán, quienes tienen que comprenderlo, que esta situación es insostenible.

Miércoles. Zapatero, tan agnóstico él, despide el homenaje a los guardias civiles asesinados por ETA con un “Descansen en Paz”. La Ser, tan agnóstica ella, despide a Curri con otro “Descanse en paz”. No lo entiendo, de verdad.

Jueves. Dice Munilla, obispo de San Sebastián, que no debemos llorar por Haití, que por quien debemos llorar es por nuestra pobre situación espiritual. ¿De dónde habrán sacado a este hombre? Lo que nos faltaba: echar de menos a Setién.

Viernes. La Junta ha querido darle a la inauguración del vuelo Almería-Sevilla el máximo esplendor. La clave de la consolidación tiene tres soportes: apoyo económico institucional (que lo tiene), precios asequibles (que lo serán) y –ojo- la idoneidad de los horarios. Un solo vuelo que sale a las 7 y vuelve a las 22 estira demasiado el tiempo para una gestión o una reunión.

Sábado. Sorpresa, sorpresa. Un sondeo nada sospechoso de manipulado pronostica una victoria del PP en las autonómicas andaluzas. Esto se presenta muy, pero que muy, interesante. Griñán va a tener que ponerse las pilas, y Arenas, capaz es de conseguir el sueño de su vida: ser el presidente de los andaluces. La constancia, generalmente, siempre tiene premio.

Domingo. El Almería, hoy, no se juega la liga. Se juega media liga. No es poco. Nadie puede faltar. Nadie.

miércoles, 13 de enero de 2010

El andaluz y la corrección

Luis Cortés
Catedrático de Literatura de la UAL

El pasado treinta de diciembre un colaborador asiduo de este periódico, Emilio Ruiz, tuvo la generosidad de referirse con esplendidez a las columnas que bajo el epígrafe «El español que hablamos» vengo publicando desde hace unos meses. Al mismo tiempo, me animaba a que dedicara alguna a responder esta cuestión: ¿cómo respetar nuestro dialecto en los medios de comunicación sin herir el español correcto? Aunque no sé si bien, voy a intentar hacerlo en este momento. Me valdré para ello de una anécdota y dos puntualizaciones.

La anécdota es muy conocida entre los estudiantes y profesores de las disciplinas filológicas; la cuenta Manuel Alvar, uno de los dialectólogos más prestigiosos del mundo hispánico. Hacía Don Manuel las encuestas para la elaboración del Atlas Lingüístico y Etnográfico de las Islas Canarias, cuando un informante de la isla de La Palma, ante la pregunta ¿qué se habla aquí?, le contestó que allí hablaban español «porque castellano no lo sabemos hablar». En la respuesta de aquel palmero, no solo tenemos una gran intuición sino parte de la respuesta que quiero dar a Emilio Ruiz. Nosotros no sabemos hablar castellano, término que designa una variedad del diasistema del español en la misma medida y proporción que lo es el andaluz, canario, murciano o cualquiera de los modelos lingüísticos correspondientes a cada uno de los países de la América española. Todas estas variedades conforman lo que entendemos por español, por lo que todas ellas son ‘igualmente español’, si bien cada uno de nosotros hablará la propia del lugar de su nacimiento; así, los andaluces no sabremos hablar castellano, ni los castellanos, andaluz, por ejemplo. Unos y otros podremos remedar algunos aspectos de la otra variedad, aunque no hablarla.

La primera puntualización es que en Andalucía no existe un habla única. Andalucía no es un territorio unitario ni geográfica, ni histórica ni cultural, ni lingüísticamente. El léxico sirve muchas veces para indicar las distintas repoblaciones y los distintos factores históricos, sociales y políticos que son la causa de la diversidad andaluza. Por ejemplo, para decir el concepto «náuseas» en la Andalucía occidental se prefiere «fatiga», en la central, Córdoba, Málaga, Oeste de Jaén y Oeste de Granada «ansias» y los de Andalucía oriental preferimos «angustia». Por tanto, si queremos expresarnos con mayor propiedad hemos decir que el dialecto andaluz está configurado por un conjunto de hablas que tienen rasgos comunes y rasgos diferenciales entre sí. Las hablas son variedades dentro de un conjunto de variedades. De este modo, el habla de Almería es muy diferente de la de Cádiz o de Sevilla. Pero, además, incluso en la propia ciudad de Almería cabe hablar de diferencias entre barrios, por ejemplo la Pescadería. La diversidad del andaluz –si este existe como dialecto- se manifiesta también en Almería.

La segunda puntualización tiene que ver con lo dicho en algún artículo anterior: creo que en buena parte se ha superado esa vieja creencia de que la gente que hablaba la norma castellana lo hacía mejor que nosotros. De hecho cuando antiguamente se decía de ellos que hablaban «fino», estábamos admitiendo que nosotros –los andaluces- hablábamos «basto» o sea de forma más tosca, grosera, etc. Esto está desapareciendo, afortunadamente. Hablar bien no depende, ni mucho menos, de la variedad –andaluza, murciana, castellana, etc.- sino de la riqueza y adecuación léxica, de la forma de conectar los actos discursivos, de la manera de manejar las pausas, etc. Felipe González, Vargas Llosa o Jorge Valdano hablan un español excelente y siguen todos la norma meridional, es decir, la nuestra.

Dicho todo lo cual, su pregunta ¿cómo respetar nuestro dialecto en los medios de comunicación sin herir el español correcto? se contesta sola: utilizando un buen andaluz; y un buen andaluz es aquel que –como en el caso del castellano, murciano o extremeño- sabe prescindir de las variantes más intensificadoras, más apartadas de la norma estándar del español, que son las más cerradas y las que menos prestigio tienen socialmente. Por tanto, esos periodistas andaluces que imitan a los ciudadanos de León o de Valladolid hacen un esfuerzo innecesario, sin razón alguna de ser, aunque es verdad que menos aún la tienen quienes –con más frecuencia todavía- potencian ese otro andalucismo que nos separa de lo que es común al resto de los hispanohablantes: el andaluz del «arcarde», del «comío», de la «sebá tostá» o de la «harina la carmita».

Hablemos, por tanto, en nuestros medios de comunicación cada uno la norma culta de nuestra habla local. Todos nos entenderemos y nos entenderemos muy bien. Y es que el andaluz, cuando es un buen andaluz, suena maravillosamente bien… y es un magnífico español. Emilio, ¿he sabido responder a su pregunta?

sábado, 9 de enero de 2010

He aquí la solución

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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Los comentaristas y tertulianos –de cuyo gremio soy un becario- tenemos un don que no tienen el resto de los mortales: Sin tener idea de nada opinamos de todo. Sí, ya sé que a eso mucha gente no le llama tener don, le llama tener la cara muy dura. ¡Son unos envidiosos! El día que el director de este periódico me pidió una colaboración, le pregunté sobre qué quería que escribiera. “De lo que tú veas”, me dijo. Creía que me iba a decir que de lo mío, pero, tiene razón, ¿qué es lo mío?, ¡lo mío es todo! Pues heme aquí, mis pantalones, hablando de lo divino y lo humano; haciendo uso de ése mi don especial.

Hoy, con la humildad que nos caracteriza a los becarios, voy a ofrecerle a nuestro Gobierno la solución para salir de la crisis. Lo hago de forma altruista, sin pedir a cambio un puesto de asesor o formar parte del Consejo de Sabios. Nada, por amor a la patria. Son sólo ocho medidas. Toma nota, Presidente:

La 1ª, reformar el sistema educativo para formar mejor a nuestros jóvenes y hacerlos más competitivos; la 2ª, realizar una reestructuración del sistema bancario para que el crédito llegue a las empresas y a las familias; la 3ª, flexibilizar el mercado de trabajo y terminar con la dualidad fijo/temporal; la 4ª, realizar un severo control del gasto público; la 5ª, incrementar al máximo la inversión en infraestructuras; la 6ª, priorizar la inversión en I+D+i orientada a un incremento de la competitividad y la independencia tecnológica; la 7ª, reducir la presión fiscal para estimular el consumo (por lo pronto, nada de subir el IVA), y la 8ª, potenciar las energías renovables, pero dentro de un marco de actuación conjunta internacional, nunca de forma aislada porque eso nos restaría competitividad. Esto, y ¡adiós, crisis! De nada, Zetapé.

martes, 5 de enero de 2010

En 15 segundos

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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Me encanta la radio. Lo he dicho muchas veces. Soy radioadicto. Y, más que el medio, su gente. En televisión, andan pendientes del pilotito, de la pose, del lado bueno, de las formas más que del fondo. La gente de la radio es más espontánea, más activa, más informal y atrevida. Por eso, a veces, meten la pata. Pero se les perdona. Sabes que juegan con y contra el tiempo, que les exige improvisación y concisión. Y por eso es por lo que ellos también exigen improvisación y concisión.

Ayer me llamaron de una emisora. Se han hecho de mi móvil, y, cada vez que pasa algo en el mundo, quieren recoger mi opinión. Me honra. Esta vez me pidieron mi receta para salir de la crisis. Nada menos. Le pregunté, al periodista, que en cuántos programas íbamos a desarrollar el tema y cuál iba a ser la duración de cada uno. Se me cachondeó un poquito: Todo lo que sea más de 15 segundos queda fuera de antena. ¡Olé tus huevos!, le dije sin poder contenerme, y perdóneme el lector por tanta vulgaridad, cien mil eminencias del mundo entero llevan dos años buscándola –la receta, le recordé- y aún no la han hallado, y tú quieres que yo te la proporcione en 15 segundos. ¡Es la radio!, me contestó, airado. Claro, claro, es la radio. Pues, puestos a vacilar, yo también le vacilé: Mira, voy a serte sincero; mi receta para salir de la crisis no necesita ni quince segundos, ni diez, ni cinco. Sólo dos. De la crisis se sale… -hice una larga pausa, como haciéndome el interesante para poner en valor tan valiosa solución- pues como se sale de todos los lugares donde hay peligro… ¡corriendo!.

Se dio, el muchacho, por satisfecho. Y agradecido: Sí, señor, eso es lo que buscamos en las respuestas de nuestros invitados, brevedad. Claro, hombre, ¡es la radio!

viernes, 1 de enero de 2010

Feliz 2011

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
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Porque somos flacos de memoria, que, si no, recordaríamos que a principios del año pasado no deseábamos un Feliz 2009, sino un Feliz 2010. Era una manera provocadora de pedir que 2009 abreviara su duración, cosa harto imposible, pues los años al final duran lo que duran. Ha cumplido con creces, este año que se ha dido, las temidas expectativas: Más paro, menos crédito y unas cuentas públicas depauperadas. Lo demás ha venido por añadidura. O, tal vez, esto ha venido por añadidura de lo demás, que igual da. Teníamos la esperanza de que camino tan pedregoso fuera el que nos condujera hacia la recuperación, pero ya hemos visto que no, y las previsiones que parecen imponerse no nos hablan de un Feliz 2010, sino de un Feliz 2011. Y ello, si hacemos bien las cosas, si no nos andamos con paños calientes.

Están los analistas de acuerdo: Este año va a ser, en sus inicios, tan cruento, o más, que el que se ha ido. Pero no nos dejemos arrastrar por el desánimo. Y alejémonos un poco en la visión del futuro. Podremos tener un Feliz 2011 si todos arrimamos el hombro. Primero, esos señores que se llaman agentes sociales (gobierno, sindicatos, patronal…), y después, usted, yo y demás semejantes. El Rey nos lo ha pedido: “Tenemos que moldear juntos el porvenir”. Juntos, ha dicho. Hinquémosle, pues, el diente a las reformas estructurales. Al sistema educativo, al mercado laboral para adaptarlo al tiempo presente, modernicemos el mundo financiero, animemos a los emprendedores y a los innovadores y a los investigadores… Seamos exigentes y solidarios todos, y, ciertamente, no alcanzaremos un Feliz 2010, pero sí lograremos un Feliz 2011. Al fin y al cabo el mundo tampoco se hizo en un día.