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sábado, 8 de agosto de 2009

La unión ibérica

Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es


La historia de España y Portugal se asemeja a la de dos viejos vecinos que comparten parcela en viviendas adosadas y una pared común de 1.214 kilómetros de larga, pero que apenas se conocen, se hablan poco y procuran ignorarse mutuamente. A excepción de los 60 años que transcurren entre 1580 y 1640, en que compartieron monarquía, España y Portugal han llevado sus vidas de forma independiente. No han faltado, sin embargo, a lo largo de la historia, las voces de quienes han reclamado la creación de un proyecto común, sobre todo a partir de mediados del siglo XIX. Un libro de Sinibaldo de Mas, “La Iberia”, desató pasiones en 1.851 tanto en Lisboa como en Madrid. Intentaba demostrar las “ventajas políticas, económicas y sociales de la unión de las dos monarquías peninsulares en una sola nación”. En 1876 Pi y Margall publicó “Las nacionalidades”, en donde hacía una defensa a ultranza de la unión federal de los dos estados, y en 1881 Garrido publicó “Los Estados Unidos de Iberia”, en el mismo sentido. En el siglo XX los movimientos unionistas decayeron un poco, pero en estos inicios del siglo XXI parece que la fiebre vuelve, sobre todo tras la incorporación de ambos países de la Europa unida.

La nueva Iberia, si se formara, sería el país más grande de la Unión Europea y continuaría siendo el quinto más poblado, pero con sesenta millones de habitantes, una población en sintonía con países como Francia, Reino Unido e Italia.

Un sondeo realizado por el diario “El Sol” en 2006 indicó que el 28 % de los portugueses eran partidarios de la unión de los dos países. Tres años más tarde, ese porcentaje se amplía hasta el 40 %, según el Centro de Análisis de la Universidad de Salamanca. Los españoles, por su parte, lo ven bien en un porcentaje que se acerca al 30 %. Y esto no ha hecho más que empezar.

Tanto los dirigentes políticos españoles como los portugueses no son ajenos a este nuevo sentimiento ibérico, y así los lazos entre ambos países se estrechan cada vez más. Compartimos ya importantes infraestructuras de transporte terrestre y colaboramos en proyectos comunes de desarrollo energético, industrial, comercial y administrativo. El camino de la unión parece despejado. No sé si Saramago verá cumplido su viejo sueño, pero lo que parece claro es que el sueño algún día se hará realidad. Y no pasará tanto tiempo.

Bienvenida sea la Unión Ibérica, Iberia, Espagal o Hispania. O simplemente España, la nueva España, estado federal surgido de la unión de los antiguos estados español y portugués integrado por dieciocho, que no diecisiete, comunidades autónomas y dos ciudades autónomas.