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viernes, 14 de agosto de 2009

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Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es


No sé si a usted, lector, con esto del veranito y las vacaciones se le ha pasado por alto la campaña que han puesto en marcha el Ministerio del Interior y la Cruz Roja para que todos los titulares de teléfonos móviles reserven el primer nombre de la agenda para esa persona que, en caso de una emergencia, deseamos que se avise en primer lugar. ¿Usted quiere que, si tiene un accidente, pongamos el caso, avisen en primer lugar a su esposa María? Pues dé de alta en la agenda el nombre “Aamaría” (Avisar a María)? ¿Que quiere que avisen a su esposo Manuel? Pues dé de alta en la agenda de su móvil “Aamanuel” (Avisar a Manuel), poniendo, en cada caso, el número de teléfono de María y Manuel, respectivamente. Está claro.

Esto, así de entrada, parece sencillo. Y, técnicamente, lo es. Pero menudo papelón nos ha creado la D. G. T. y la Cruz Roja a algunos. Porque creo que lo correcto, antes de dar de alta en la agenda a la persona en cuestión, es pedir su aprobación. Yo, lógicamente, con quien primero lo he consultado ha sido con mi mujer. Y he recibido calabazas. Me ha sometido a su habitual batería de de preguntas: “¿Eso significa que cada vez que le des a la tecla del móvil sin darte cuenta va a sonar el mío?”, “¿y si en ese momento no puedo atenderte?”, “¿no tengo bastante con tu pesadez diaria para que encima me coloques en el lugar preferente del móvil?”. O sea, que no. “Oye, tu madre, díselo a tu madre, que quiera que no una madre siempre es una madre”.

El problema es que mi anciana madre Petronila tiene 92 años, va para 93. Ella nunca me dice que no. “Tú, hijo, lo que quieras, pero entiende mi situación: el oído ya no lo tengo muy fino, el móvil no sé muy bien cómo funciona, casi siempre está apagado porque se me olvida cargarlo, pero ahí lo tienes, pon en él lo que quieras”. Para qué, no serviría de nada. Bajo otro peldaño: se lo propongo a mi hijo, el menor, el que legalmente está bajo mi tutela. Digo lo de legalmente porque mi tutela se reduce a pasarle una paga al mes a cambio de nada. “No jodas, tío”, me suelta el muy descarado, “qué quieres, que yo sea ahora tu perro guardián, ábrete si puedes…”. O sea, que tampoco.

Me queda un último recurso: mi ex. A mi mujer actual le molesta que lo diga, pero mi ex nunca me falla. Será porque a cada petición que le hago siempre le pone precio, pero es que los otros, ni pagándoles. Yo la comprendo, a mi ex. En lo de ponerle precio a todo. La engañé un poco con el convenio de divorcio. Doscientos euros al mes por cada uno de los tres chiquillos, más otros doscientos para gastos diversos, en total ochocientos euros, es una cantidad que las mujeres de hoy no aceptan y ella aceptó. Y, para colmo, se olvidó lo del IPC. “Vale, vale”, me dice, “ponme a mí, pero cada llamada, quinientos euros”. Qué alivio, problema resuelto. Al fin y al cabo, tampoco va a estar uno todos los días teniendo accidentes y cosas de ésas. Mi móvil, desde hoy, estrena contacto: Aaadela. ¡La triple A al aparato!