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sábado, 25 de julio de 2009

Un gallardero en Cataluña


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra


Corría el año 1973, con Franco en el ocaso y el Príncipe Juan Carlos dando tumbos por ahí sin que nadie supiera adivinar cuál iba a ser su futuro. Tenía 22 años y estaba a punto de terminar Magisterio en “la Normal” de Almería, pero una profesora algo díscola –cuyo nombre omito porque ha fallecido recientemente y era muy conocida en la capital, más por su marido que por ella- se empeñó en dejarme una asignatura. Al volver con la calabaza a mi pueblo, Los Gallardos, mi padre, un ex-militar represaliado por la dictadura con un exacerbado sentido del honor, puso el grito en el cielo y poco menos que llegó a calificarme de ser un inútil. Tanta injusticia y tanta desproporción observé en sus palabras (una sola asignatura suspendida en la carrera, al fin y al cabo) que le amenacé, si persistía en sus acusaciones, con abandonar el domicilio familiar y buscarme la vida por esos mundos de Dios. No dio lugar a culminar mi amenaza, y espetó a mi madre, protagonista muda de la escena: “Petronila, prepárale la maleta, y pregúntale a Paco el de La Mela que cuándo sale para Barcelona”. Paco el de la Mela era un taxista de esa barriada de Sorbas que se buscaba la vida con su furgoneta Tempo llevando y trayendo emigrantes a/de Barcelona. Qué buena persona este Paco.
Un pasaje en la furgoneta, 300 pesetas en el bolsillo, y heme aquí en la ciudad condal dispuesto a comerme el mundo. Me acoge en su domicilio, un pisito en la quinta planta sin ascensor, la señora María, una ancianita viuda, que vivía del hospedaje clandestino. La Montse y yo éramos sus huéspedes. Mi “maestresa” bien podría ser el personaje principal de una novela de emigrantes. Salió de Bédar con sus padres y su hermana, la señora Catalina, que vivía en el primer piso del bloquecillo, cuando era una mocica, y en Barcelona se casó y tuvo dos hijos, Pedro, que regentaba el bar de abajo, y una hija que murió a los pocos años de nacer y a la que cada día dedicaba un sonoro llanto. Nunca jamás volvió a su pueblo natal, pero era capaz de dar pelos y señales de todas las familias de Bédar y de Serena, y de la mía también, por supuesto. “No sé si sabes que tu abuelo Pedro y tu abuelo Miguel eran hermanos”. “Cómo no lo voy a saber, señora María, no es por casualidad por lo que mis apellidos están duplicados”. “Ellos eran de familia pobre de Mojácar, pero tu abuela Isabel, esa sí era de familia rica de Serena”. No lo sabía, y tampoco estoy seguro de que fuera así.

En tan precarias condiciones económicas como me encontraba no era cuestión de ser muy selectivo con el puesto de trabajo al que podría optar, así que cogí La Vanguardia y me fui directamente al cuadernillo de Anuncios por Palabras. Me quedé en el primero, que rezaba así: “Se necesita mozo de almacén”. Me presento en Gráficas Pareja (buen hombre el dueño, don Manuel Pareja), en la calle Montaña, y veo con sorpresa que es allí donde se imprimen los libros de texto de Santillana, los mismos que había en “la Anexa”, el colegio situado junto a la Escuela de Magisterio en el que hacíamos las prácticas los futuros maestros.

Mi trabajo en Pareja consistía en clasificar con un torillo manual los palés de libros por materias y cursos. En este lado matemáticas de 1º, aquí Lengua de 4º, en aquel lado Sociales de 8º... todos eran de E. G. B. El encargado era un cordobés, apuesto, también llamado Manuel, al que solamente le faltaba el sombrero de su tierra para verse reflejado en una de las postales típicas de la época. Tenía malas pulgas y era algo chuleta. Su pelo, más que negro, era negrísimo, y siempre lo llevaba echado hacia atrás y sujeto a base de brillantina barata. Tuve con él más de un encontronazo por cuestiones que no vienen al caso. Bueno, una sí viene al caso; la contaré después. Un día se dio cuenta, el cordobés, de que aquellos libros no me eran ajenos, ni por dentro ni por fuera, y fue entonces cuando me bajó del torillo y me puso a hacer revisiones de paginación, o sea, que hojeara -con h de hoja- los libros y apartara aquéllos que tenían alguna página en blanco o aparecían con páginas no correlativas por haberse insertado inadecuadamente algún cuadernillo. En la empresa también se editaban otros títulos, principalmente destinados al mercado sudamericano.

Cuento ahora uno de mis enganches con el encargado. Nunca podía imaginar el efecto devastador que tiene el papel cuando se maneja con las manos. Las páginas recién cortadas son como cuchillas sin estrenar. Mis manos sufrían cortes un día sí y el otro también. Las tenía ya ennegrecidas de tantas heridas mal curadas y reabiertas. Le digo al encargado que tenía que darme unos guantes o algo para resolver el problema, y me dice el muy borde que me líe los dedos con esparadrapo. No esperé a oír completamente su propuesta, y ni corto ni perezoso me dirijo directamente al despacho de don Manuel. El jefe bajó conmigo y se encaró con su encargado: “¿Es que usted, Manuel, no conoce la palabra piedad?”. El encargado, esa afrenta, nunca me la perdonó. Y todo por un par de guantes.
Mi sueldo era humilde; de mozo, claro. Apenas me daba para subsistir. Pero como la necesidad achuchaba me puse a ingeniármelas para ver cómo podía ajustar mis gastos al sueldo. A la señora María, la pobre, no le iba a regatear lo poco que me cobraba, y el billete del metro valía lo que valía. No había otra salida que ahorrar en la comida. Comer menos de lo que comía no podía comer, pues perdía a kilo por semana, lo cual, dicho sea de paso, hasta me venía bien; pero con un límite. Siento no recordar quién me iluminó con la solución adecuada, pero que en gloria esté porque mucho le debo. Me dijeron que si tenía un carné universitario podía comer en el comedor de la Universidad por un módico precio. Y sí, eché mano a mi cartera y en ella llevaba una tarjetilla de alumno de la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de E. G. B. de Almería. La comida valía cinco duros. Y no estaba mal. Por cierto, al entrar al comedor de la Universidad nadie pedía ningún carné. Se lo cuento a mi paisano Juanico Llorente y… ¡hale, otro universitario! Juanico, por si alguien no lo sabe, era mi vecino de la calle de abajo en el pueblo. Él vivía en la calle San Joaquín y yo en la calle San Diego y nuestras casas se unían por el callejón de Domingo Bujaldón, el de la panadería. Éramos amigos de toda la vida; bueno, en realidad yo era como su jefecillo, que para eso le llevaba un par de años. Mi madre tenía una tienda de ultramarinos y me mandaba cada dos por tres a la Venta de Juan Ramón, en la carretera, a por los paquetes que allí dejaba Transportes El Triunfo. Como no podía con todos, él me ayudaba, y mi madre nos daba dos pesetas por cada viaje, una para cada uno. Terminó -Juanico, digo- emigrando a Barcelona como casi todos los jóvenes del pueblo. Sigue nuestra amistad, ahora aquí, y vive en Turre. Se casó con una turrera. Trabaja en Egmasa cuidando bosques. Su hermano Paco también andaba por allí, pero cuando a éste le quisimos hacer partícipe de la oportunidad del comedor universitario declinó nuestra invitación. Normal: él se buscaba bien la vida con las comisiones que sacaba vendiendo por las casas la Gran Enciclopedia de Catalunya. No había una casa en cincuenta kilómetros a la redonda que no tuviera en la librería del comedor una enciclopedia vendida por Paco. Se enrollaba bien con la gente gracias al catalán que había aprendido en la calle. Tenía hasta el deje catalanista: “¿Vostè, senyora Mercè, que no li aniria bé la Gran Enciclopèdia de Catalunya per als nens?”. Eso, dicho en catalán, atraía bastante. Paco también se vino para acá, y ahora está de administrativo en el Ayuntamiento.
Pero sigamos con el trabajo, que la familia Llorente me ha entretenido. Un día me encontraba harto de que el encargado me chuleara, y me dije: “pues ahora voy a chulearle yo un poco”. Qué atrevimiento. “Perdone, jefe”, le dije, “pero lo que yo considero inadmisible es que unos libros de texto tan prestigiosos como éstos tengan faltas de ortografía”. Asombrado por mi osadía, me coge de la camisa, enrabietado, y me dice: “Venga conmigo”. Y voy tras él. Subimos unas escaleras metálicas y me lleva delante del corrector y me dice que si soy capaz de hacer semejante afirmación ante aquel hombre. “Espere un momento”. Bajé a toda prisa las escaleras y fui a uno de los palés a por un libro, tampoco recuerdo cuál. Se lo abro a ambos y les digo: “Miren aquí, y aquí...”. El cordobés no veía nada extraño, porque era un hombre poco instruido, pero el corrector sí se dio cuenta. La verdad es que era algo sin importancia, algún que otro diptongo mal acentuado, cosa de tildes adecuadas e inadecuadas.

En el corrector me encontré a un hombre pequeñito, muy enjuto -más de treinta kilos no debía pesar-, con cara de asustadizo y miope de doce dioptrías hacia arriba. Por poco se muere de vergüenza por descubrirle aquellos errores. A la semana siguiente ya era su auxiliar. Mi sueldo subió considerablemente. Qué gran caballero el corrector, el señor Manuel (otro Manuel, qué casualidad). Me contó que también él era maestro de escuela, pero era de los represaliados del franquismo. “Qué casualidad”, le dije para gloria de sus oídos, “ya somos tres los represaliados: usted y mi padre por la dictadura, y yo, por mi padre”. No sé la edad que tendría el hombre, por su aspecto físico y cara de sufrimiento le echaría ochenta años. Tendría sesenta. Todos los días me explicaba los estudios que él había tenido que hacer para ser maestro y todos los días tenía que explicarle los estudios que yo estaba haciendo para ser maestro. Siempre tuve la sensación de que este hombre, desde que terminó la guerra, nunca con nadie había hablado de aquel triste episodio nacional. Notaba que se sentía cómodo conmigo y yo notaba que me sentía cómodo con él. Yo le hacía ver que no era un fracasado, que, por el contrario, era todo un triunfador, un héroe, pues no podía ser otra cosa quien había sido capaz de mantenerse fiel a la legalidad de la república. “¿Usted ha leído un libro que hay ahí abajo”, le digo, “que se titula Juan Salvador Gaviota?”. Me dice que él lee todos los libros que pasan por sus manos para la corrección, pero que está tan pendiente de buscar faltas de ortografía que no repara en su contenido. Le subo un ejemplar para él y otro para mí. El mío lo conservo como oro en paño por el valor nostálgico y las bonitas ilustraciones de Russell Munson. “Lléveselo a su casa y léalo, verá usted cómo la gaviota exiliada-exilada, que dice el libro- y represaliada no es la más tonta, sino la más lista”. (Postdata: Si le interesa, lector, anote. “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. Editorial Pomaire, S. A. Impreso en Gráficas Pareja. Primera edición, noviembre de 1.972).
Volví a Los Gallardos para los exámenes de febrero y aprobé, pero tenía que esperar a septiembre para empezar el curso de Prácticas. Magisterio, entonces, eran Bachiller Superior, dos cursos, Reválida y un año de prácticas, éste cobrando ya un poco. No pensaba volver más a Barcelona. Total, me dije, tampoco me vienen mal cinco o seis meses vagueando por el pueblo.

Un día me llama don Manuel Pareja y me dice que me vaya urgente, que el corrector se había muerto. Para no ir me hice el interesante y le dije que mis aspiraciones ya no eran las de un auxiliar, sino las de un titulado. Se vio perdido sin corrector y atendió a mis pretensiones. Volvía a Barcelona de otra manera. Dejé de ir al comedor universitario y le pasé definitivamente el carné de estudiante a Juanico. Al llegar el verano, le dije al impresor que teníamos que poner fin a la relación laboral porque tenía que volver a Almería, donde me esperaban en el Colegio Angel Suquía de Piedras Redondas para el curso de Prácticas. Se empeñaba en que me quedara, que allí iba a ganar más dinero que en la escuela. “Don Manuel”, le repetía, “tengo que hacer el curso de Prácticas porque si no lo hago ni siquiera me dan el título de maestro”. Me hizo propuestas desorbitadas de doblar y hasta triplicar mi sueldo. “¿Usted ve los jóvenes catalanes hacerse maestros, verdad que no?”. Y era verdad, en Barcelona no había maestros catalanes. Lo consulté varias veces con mi padre, pero éste era contundente: O me venía voluntariamente o mandaba a por mí. Yo sabía por qué mi padre prefería el título más que el dinero que pudiera ganar: quería a toda costa que me hiciera funcionario. La ilusión de su vida era ver cómo uno de sus hijos vivía a costa del erario público, algo que a él no le dejaron quienes se sublevaron contra la democracia en 1936. Prevaleció, pues, una vez más, la autoridad del ex-militar y volví a Almería. Tras Piedras Redondas, cuarenta chiquillos me esperaban impacientes en el Colegio Público de Los Gallardos. Un año después oposité a Magisterio en… ¡en dónde iba a ser, en Barcelona! Otra vez para allá, esta vez de maestro. Un añito, y de nuevo para acá. Destino: pues… ¡a dónde iba a ser… a Los Gallardos!

En 1.981 murió mi padre con uno de sus deseos cumplidos, con su “Cabo” de maestro y con nómina oficial. Unos años después pedí excedencia. Hasta hoy. Y adiós.