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domingo, 28 de junio de 2009

Protocolo


Emilio Ruiz

Director de La Cimbra
http://www.emilioruiz.es/



El otro día escribía en esta columna sobre la pesada carga de la ignorancia. Hablaba en primera persona, para evitar equívocos. Un amigo muy querido, de esos que de verdad se tienen al lado en los momentos más necesitados, me llamó de inmediato: “Oye, que tú no eres ningún ignorante, que solamente el hecho de que te consideres un ignorante quiere decir que no lo eres”. Lo agradecí a medias, porque ignorante puedo ser, pero tonto no: A las palabras de los amigos hay que hacerles relativo caso, pues, al fin y al cabo, solo son eso, palabras de amigo. Un amigo nunca te va hundir, moralmente hablando. No sería tal.

Ahora, tengo otro problema. Con el protocolo. La mayoría de las veces agradezco que los organizadores de eventos hagan conmigo lo mismo que hicieron los organizadores de los Premios del Levante Almeriense: Pasar de mí, no invitarme. Lo agradezco porque así no tengo que enfrentarme a mis propios prejuicios. En mi casa –no sé si también en la suya, querido lector- en la mesa solo se pone un tenedor y un cuchillo por comensal. Da igual que sea carne o pescado. El mismo tenedor y el mismo cuchillo para todo. Y nos va bien. En ciertas comidas te ponen hasta cuatro cuchillos a un lado y cuatro tenedores al otro. Y, enfrente, otro tenedor y una cucharilla. Llega el primer plato, y surge la primera duda: ¿Qué cuchillo cojo, qué tenedor? Hay un señor en Onda Cero, del que lamento no recordar su nombre, que sabe mucho de esto, y dijo el otro día que los cubiertos hay que cogerlos de fuera hacia dentro. En la última comida de gala que me invitaron así lo hice, pero un filete de ternera en salsa coincidió en el turno con una paleta. Me las vi negro para partir la ternera, pero respeté el protocolo, que era lo importante.

El jueves pasado estuve en una reunión empresarial. Un joven técnico de un importante consulting (voy a decir su nombre para que vean que no invento nada: Price Waterhouse) nos presentó un estudio de viabilidad de una sociedad. El muchacho estaba preparado, ciertamente. Seguro que portaba sobre sus espaldas un par de licenciaturas y varios masters. Me sorprendió que durante su exposición no parara de masticar chicle. Pompas no, pompas no hizo, eso es verdad. Y no sé si ese proceder es protocolariamente correcto o no. En el protocolo moderno debe serlo, porque, si no, no lo haría. Yo no lo vi bien, pero qué sabe uno; si no sé qué tenedor coger en una comida menos voy a saber si es adecuado masticar chicle en una exposición. Qué desgracia no saber de todo.