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lunes, 2 de marzo de 2009

Aparca como puedas


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es


Los críos españoles de los 50/60 acumulamos vivencias de ésas que marcan época. Dos son inolvidables: Una, la llegada a casa de nuestra primera tele, y otra, la del primer coche. Comprar un televisor era un enorme sacrificio para la familia, algo así como el sueldo de medio año. Nada más llegar el aparato se le recibía con una funda bordada ex profeso por la abuelita. Si jugabas a la pelota en casa, el papá no te prevenía diciendo “¡niño, que le das al abuelo!”, no. Te decía: “¡Como le des a la tele se te cae el pelo!”. Poner en similar nivel la tele y el abuelo era una pretensión inútil del abuelo. Con el tiempo, la tele ha perdido protagonismo, y hoy en cada casa hay al menos una de plasma, otra de LCD y otra de tubo. Con el coche, “ídem de lo mismo”. La llegada a casa de nuestro primer 600 era más festejada que la de un nuevo miembro de la familia. Normal: Un niño podía tenerlo cualquier familia, incluso una familia pobre; un coche, no, un coche sólo lo tenían los triunfadores.

Pues bien, así como la tele está en pleno proceso de descrédito (nuestros hijos ya ven las películas en el ordenador) el coche sigue gozando del mismo status. Un coche nuevo que entra en el hogar no llega a la noche sin ver cómo se le pasa el paño varias veces al día. Y nuestros pueblos no se desarrollan pensando en los intereses de las personas, sino en las necesidades de los coches. Uno va por la acera, tropieza con un coche y no pasa nada. Damos la vuelta, bajamos a la calzada, sorteamos el tráfico y ya está. ¡Es un coche, leñe!, pensamos; si fuera una ancianita, un cojo o un bebé ya les diría yo cuatro palabritas bien dichas.

Y pregunto: Si tanta veneración sentimos por el coche, ¿cómo damos lugar a que todos los parkings de la provincia estén en la ruina? Ay, el ser humano y sus contradicciones.