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martes, 17 de febrero de 2009

Fernández Ordóñez y el traje nuevo del emperador

De mis remotos años de maestro renace con frecuencia en mi recuerdo uno de los cuentos preferidos de los alumnos, “El traje nuevo del emperador”, de Andersen. Se trata de dos truhanes que se hacen pasar por maestros tejedores. El emperador, sabedor de su presencia en la ciudad, les encargó un traje nuevo, y, como los pillastros no tenían idea de costura, no hacían nada, pero hacían ver que las hermosas sedas que les proporcionaban las empleaban en un traje que solo era visible por las personas inteligentes. Todos los supervisores imperiales volvían diciendo que el traje era precioso. Tan bien hablaban de la prenda que el propio emperador se decidió a ir al telar a verlo. “¿Verdad que es precioso?”. “¡Cómo –pensó el emperador-, si no veo nada! ¿Seré tan tonto, acaso no sirvo para emperador?”. Pero no se iba a descubrir. “¡Oh, sí, es precioso!”. Por el taller desfiló todo el mundo y todos salían prendados de la hermosura del inexistente traje. El día del estreno el emperador salió a lucirlo. Desnudo, claro. “¡Qué preciosidad!”, clamaba el pueblo. Hasta que un chiquillo que andaba por allí se dio cuenta de la farsa y gritó: “¡Pero si va desnudo!”. Al pobre crío se lo llevaron a palos y el pueblo siguió ensalzando las excelencias del nuevo traje del emperador.

España camina a velocidad de vértigo hacia los cuatro millones de parados. Pero el traje legal que regula el mercado laboral está hecho de finas sedas en beneficio de todos los trabajadores, y quien ose dudarlo es un mal nacido opresor al servicio del capitalismo salvaje. Fernández Ordóñez ha cometido dos graves errores que en política siempre se pagan: Uno, no haber sabido resguardar por encima de todo su bien remunerado cargo, y otro, no haberse leído antes a Hans Christian Andersen.