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jueves, 1 de enero de 2009

Con Tráfico hemos topado, amigo Sancho



Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
http://www.emilioruiz.es/


En esta vida, como tiene que haber de todo, no faltan quienes somos propensos a meternos en cualquier charco. Servidor está ahora metido en uno, enfangado hasta las rodillas, y del que me resulta tan difícil salir que no he encontrado mejor opción que recurrir a mi reducida colonia de lectores para ver si alguno de ellos me ilumina. Mil quinientos euros andan en juego. Sabe usted –y ya me dirijo personalmente a usted, querido lector- que vivir en un pueblecito tiene muchos inconvenientes –quien dijo aquello de pueblo pequeño infierno grande no andaba descaminado- pero también muchas ventajas. Una de ellas, que somos como una gran familia, que nos peleamos de vez en cuando como se pelean todos los miembros de una familia, pero en los momentos más necesitados de nuestras vidas siempre estamos ahí.

Mi vecino Manuel es un hombre que ha nacido solamente para trabajar. Conduce un camión frigorífico y los siete días de la semana anda por medio mundo distribuyendo hortalizas de nuestros invernaderos. Aquí, en el pueblo, queda su señora esposa –una sacrificada mujer, Ana- y dos vástagos ya granados que están todo el día coche para arriba, coche para abajo. Regresó Manuel de uno de sus viajes, y nada más llegar al hogar se encontró sobre la mesa de camilla un sobre certificado con una notificación de Tráfico. Mientras él luchaba contra el sueño por esas carreteras europeas, alguien de la familia cogió el coche de la casa y le dio al acelerador con tanta alegría que recibieron como premio una sanción de 300 euros, la posible pérdida de puntos y el requerimiento de que identificara al conductor del vehículo. Qué casualidad, precisamente ese día y a esa hora ninguno de la familia había cogido el coche. Es lo que le confesaron los tres con tan poca credibilidad como vergüenza.

Manuel, como la mayoría de la gente, tiene una apreciación equivocada de la sabiduría de quienes escribimos en los periódicos. Es de los que creen que porque escribimos de todo sabemos de todo, y no sabe el hombre que a la mayoría de los articulistas nos pasa como a los tertulianos de la radio: opinamos de todo, pero no tenemos idea de casi nada; es cuestión de echarle cara al asunto y hacer creíble lo que expresa nuestra ignorancia. El caso es que me viene Manuel con su multa, me plantea la papeleta y me pregunta que qué hace. Cualquier persona medio sensata lo hubiera dirigido a Tráfico, o a una gestoría, pero, por agradarle, le digo que reúna a la familia seriamente y que les digan de una puñetera vez quién era el conductor del vehículo el día de autos. El hombre, compungido, me dice que lo ha intentado por todos los medios, pero que no hay manera, que el conductor no quiere descubrirse. Echo entonces mano de la lógica y le digo que, puesto que no puede facilitar los datos del conductor, que escriba a Tráfico una carta explicándole la situación y acompañe un escrito del patrón del camión certificando que ese día y a esa hora él se encontraba en las inmediaciones de Berlín descargando judías de El Ejido. Que diga en la carta que su desconocimiento del caso es tal que si diera el nombre de alguien, de su mujer o de uno de sus mozalbetes, podría incurrir en falso testimonio. Y eso hizo.

Pasaron apenas dos semanas cuando de nuevo Manuel estaba en la puerta de mi casa con otra cartita de Tráfico. Pesados y persistentes sí son. Pero ésta tenía tela: Como usted –vienen a decirle- no quiere identificar al conductor del vehículo le imponemos una sanción de 1.500 euros. Palabra de honor, cuando lo leí, pensé: Tierra, trágame. ¿Qué hago ahora, vecino?, me preguntó. Y yo qué sé, es lo que tenía que haberle dicho y no fui capaz de decirle, porque al fin y al cabo uno también tiene su amor propio. Entonces fue cuando me salió la vena de articulista orgulloso: Trae para acá y despreocúpate del tema, que esto ya es cosa mía. A hurtadillas fui a Tráfico e hice efectivos los 1.500 euros. Fue la penitencia que tuve que pagar por cometer el pecado de meterme donde nadie me llamaba. Una multa a la ignorancia. Pero que conste que no es justo. No es justo. Y usted, lector –usted, siempre usted; si no fuera por mis lectores...-, si pudiera decirme qué hay que hacer para recuperar el dinero se lo agradecería eternamente. Pero que Manuel no se entere, por favor, que él nunca permitiría este mal rato. Ni él lo permitiría ni yo quisiera defraudarle. Pero si pudiera recuperar los 1.500 euros...