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domingo, 30 de noviembre de 2008

Guardias civilas



Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es

Voy a contarles hoy una de esas historias que solamente acaecen a quienes aún no hemos superado el estadío de la inmadurez. Sabía, porque alguna he visto, que existían guardias civilas (perdón por la licencia lingüística), pero nunca había tenido relaciones con ellas por razones profesionales. Hasta que el otro día iba en el coche camino del trabajo. No sé si a ustedes les pasa lo que a mí cuando ven a la pareja. Intento ignorarlos, hago como si no estuvieran. Esta vez no pude. Por dos razones: porque la pareja eran dos elegantes muchachas y porque una de ellas me dio el alto.

Confieso que mis recuerdos del benemérito instituto no son lo gratificantes que quisiera, pero es por un nimio tema personal que se remota a la infancia. Miren que intento corregirlo y me digo una y mil veces que esta Guardia Civil no tiene en común con aquélla más que el color del uniforme, pero no hay manera. A lo que iba. Me para la muchacha, decía, y se acerca. Primera reacción: lejos de sentirme incómodo, casi me siento a gusto. “Buenas tardes”, me dice. Le respondo con el mismo deseo, pero también observo que no es un deseo protocolario, sino de corazón. Después vino lo habitual: documentación y tal, seguro del coche. Nada especial, corrección por ambas partes. “Puede usted continuar y que pase muy buenas tardes”, me dijo para despedirse. “Igualmente le digo y, sobre todo, acepte mi enhorabuena”. Fue lo que me salió. La guardia se quedó como sorprendida por lo de la enhorabuena, pero comprendí que no era el momento de explicárselo. Ahora leo que un montón de chicos y chicas están haciendo exámenes para entrar en la Academia. Si fuera Rubalcaba, a ellas, las aprobaba todas. Por el bien del cuerpo. Y si, dicho esto, me tildan de machista, perdonen, pero es que no me han entendido.