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sábado, 18 de octubre de 2008

A propósito del “caso” Diego López



Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es

Diego López podría haber sido un hipócrita miserable y haberse bajado de internet un par de folios sobre las bondades del desarrollo sostenible, memorizarlos, y soltárselos a quien le preguntara sobre su trabajo en Diputación. No lo hizo, y fue honesto cuando en una conversación de barra de bar le dijo a un presunto compañero de partido que el cargo que ocupa es para retribuirle por el trabajo que realiza en su partido. Mariano Rajoy podría haber sido un cínico lenguaraz y decirle al oído a Javier Arenas lo contrario de lo que piensa, que es lo mismo que pensamos la mayoría, de lo que es el Día de la Hispanidad: un coñazo de tomo y lomo.

Las conductas y los sentimientos de los humanos no siguen una pauta unívoca. Nos adaptamos a las situaciones. Nuestras ideas casi nunca coinciden con la expresión de las mismas. Posiblemente, yo mismo estoy manifestando ahora no lo que me gustaría decir, sino lo que debo decir. Vivimos inmersos en un mundo variopinto de ideas, creencias, conductas, actitudes... Y en ese mundo, procuramos ocupar con dignidad el lugar en el que nos ha tocado estar, aún siendo víctimas de nuestras propias contradicciones. El año pasado Rajoy apareció en televisión amparado en la bandera de España para alentarnos a compartir el cariño por la patria. Ahora, califica de coñazo el mismo acto. Contradicción, ninguna. En ambos casos se trata de la misma persona, pero no del mismo personaje. El primero era el mensaje de quien ocupa un importante cargo institucional. El segundo, el de una persona que de forma privada se manifiesta como tal.

Nuestra democracia no ha resuelto el viejo problema de la financiación de los partidos políticos. Existe cierto temor a decirles a los españoles que los partidos políticos son necesarios para el sostén del sistema, y que eso cuesta dinero, que tiene que salir de donde sale siempre el dinero, de las contribuciones de los ciudadanos. Se tiran de los pelos quienes exigen que los partidos se sostengan de las cuotas de los afiliados, que no dejan de ser cuatro gatos mal contados.

Mientras nuestros políticos buscan la forma de dar carácter legal al mantenimiento de las infraestructuras de los partidos, y siendo éstas, porque lo son, necesarias para el mantenimiento del sistema, se recurre a lo que ahora parece que tanto nos escandaliza: enmascarar la situación con la fusión-confusión entre el cargo institucional y el de partido. Siempre se ha hecho así, y así lo han hecho todos. De Cospedal y Pajín, por poner dos ejemplos, ejecutivas del PP y PSOE, respectivamente, tienen en el Parlamento un contrato de trabajo a tiempo completo, no un contrato a tiempo parcial que complementan con otro de sus partidos. Y nadie se escandaliza.

Además de este problema de la falta de regulación de la financiación de los partidos, hay otro que igualmente debemos solucionar. Es el del inadecuado uso que se les está dando a los recursos humanos de las instituciones públicas. La congelación generalizada de sueldos son gestos de cara a la galería que no resuelven nada. La mayoría de quienes hacen un paréntesis en su vida profesional para dedicarse a la política no tienen la compensación económica adecuada. Empezando, por ir a lo más alto, por quien ocupa el cargo de presidente del Gobierno, cuyo sueldo es menor que el que percibe un mediocre director financiero de una empresita de tipo medio. Pero también es cierto que muchos perceptores de salarios públicos no aportan nada al beneficio general, ni directa ni indirectamente. Es plausible la decisión de la Diputación de Almería de hacer una reestructuración de todos los cargos de confianza. Lo deseable es que esta medida no sea un caso aislado. Las administraciones públicas, casi de forma generalizada, están sobredimensionadas en recursos humanos. Mientras se congelan injustamente los sueldos de unos, se mantienen injustamente los sueldos de otros.