_______________________________________________________________________________________________

sábado, 27 de septiembre de 2008

Un gallardero en Barcelona


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra


Corría el año 1973, con Franco en el ocaso y el Príncipe Juan Carlos dando tumbos por ahí sin que nadie supiera adivinar cuál iba a ser su futuro. Tenía 22 años y estaba a punto de terminar Magisterio en “la Normal” de Almería, pero una profesora algo díscola –cuyo nombre omito porque ha fallecido recientemente y era muy conocida en la capital, más por su marido que por ella- se empeñó en dejarme una asignatura. Al volver con la calabaza a mi pueblo, Los Gallardos, mi padre, un ex-militar represaliado por la dictadura con un exacerbado sentido del honor, puso el grito en el cielo y poco menos que llegó a calificarme de ser un inútil. Tanta injusticia y tanta desproporción observé en sus palabras (una sola asignatura suspendida en la carrera, al fin y al cabo) que le amenacé, si persistía en sus acusaciones, con abandonar el domicilio familiar y buscarme la vida por esos mundos de Dios. No dio lugar a culminar mi amenaza, y espetó a mi madre, protagonista muda de la escena: “Petronila, prepárale la maleta, y pregúntale a Paco el de La Mela que cuándo sale para Barcelona”. Paco el de la Mela era un taxista de esa barriada de Sorbas que se buscaba la vida con su furgoneta Tempo llevando y trayendo emigrantes a/de Barcelona. Qué buena persona este Paco.
Un pasaje en la furgoneta, 300 pesetas en el bolsillo, y heme aquí en la ciudad condal dispuesto a comerme el mundo. Me acoge en su domicilio, un pisito en la quinta planta sin ascensor, la señora María, una ancianita viuda, que vivía del hospedaje clandestino. La Montse y yo éramos sus huéspedes. Mi “maestresa” bien podría ser el personaje principal de una novela de emigrantes. Salió de Bédar con sus padres y su hermana, la señora Catalina, que vivía en el primer piso del bloquecillo, cuando era una mocica, y en Barcelona se casó y tuvo dos hijos, Pedro, que regentaba el bar de abajo, y una hija que murió a los pocos años de nacer y a la que cada día dedicaba un sonoro llanto. Nunca jamás volvió a su pueblo natal, pero era capaz de dar pelos y señales de todas las familias de Bédar y de Serena, y de la mía también, por supuesto. “No sé si sabes que tu abuelo Pedro y tu abuelo Miguel eran hermanos”. “Cómo no lo voy a saber, señora María, no es por casualidad por lo que mis apellidos están duplicados”. “Ellos eran de familia pobre de Mojácar, pero tu abuela Isabel, esa sí era de familia rica de Serena”. No lo sabía, y tampoco estoy seguro de que fuera así.

En tan precarias condiciones económicas como me encontraba no era cuestión de ser muy selectivo con el puesto de trabajo al que podría optar, así que cogí La Vanguardia y me fui directamente al cuadernillo de Anuncios por Palabras. Me quedé en el primero, que rezaba así: “Se necesita mozo de almacén”. Me presento en Gráficas Pareja (buen hombre el dueño, don Manuel Pareja), en la calle Montaña, y veo con sorpresa que es allí donde se imprimen los libros de texto de Santillana, los mismos que había en “la Anexa”, el colegio situado junto a la Escuela de Magisterio en el que hacíamos las prácticas los futuros maestros.

Mi trabajo en Pareja consistía en clasificar con un torillo manual los palés de libros por materias y cursos. En este lado matemáticas de 1º, aquí Lengua de 4º, en aquel lado Sociales de 8º... todos eran de E. G. B. El encargado era un cordobés, apuesto, también llamado Manuel, al que solamente le faltaba el sombrero de su tierra para verse reflejado en una de las postales típicas de la época. Tenía malas pulgas y era algo chuleta. Su pelo, más que negro, era negrísimo, y siempre lo llevaba echado hacia atrás y sujeto a base de brillantina barata. Tuve con él más de un encontronazo por cuestiones que no vienen al caso. Bueno, una sí viene al caso; la contaré después. Un día se dio cuenta, el cordobés, de que aquellos libros no me eran ajenos, ni por dentro ni por fuera, y fue entonces cuando me bajó del torillo y me puso a hacer revisiones de paginación, o sea, que hojeara -con h de hoja- los libros y apartara aquéllos que tenían alguna página en blanco o aparecían con páginas no correlativas por haberse insertado inadecuadamente algún cuadernillo. En la empresa también se editaban otros títulos, principalmente destinados al mercado sudamericano.

Cuento ahora uno de mis enganches con el encargado. Nunca podía imaginar el efecto devastador que tiene el papel cuando se maneja con las manos. Las páginas recién cortadas son como cuchillas sin estrenar. Mis manos sufrían cortes un día sí y el otro también. Las tenía ya ennegrecidas de tantas heridas mal curadas y reabiertas. Le digo al encargado que tenía que darme unos guantes o algo para resolver el problema, y me dice el muy borde que me líe los dedos con esparadrapo. No esperé a oír completamente su propuesta, y ni corto ni perezoso me dirijo directamente al despacho de don Manuel. El jefe bajó conmigo y se encaró con su encargado: “¿Es que usted, Manuel, no conoce la palabra piedad?”. El encargado, esa afrenta, nunca me la perdonó. Y todo por un par de guantes.
Mi sueldo era humilde; de mozo, claro. Apenas me daba para subsistir. Pero como la necesidad achuchaba me puse a ingeniármelas para ver cómo podía ajustar mis gastos al sueldo. A la señora María, la pobre, no le iba a regatear lo poco que me cobraba, y el billete del metro valía lo que valía. No había otra salida que ahorrar en la comida. Comer menos de lo que comía no podía comer, pues perdía a kilo por semana, lo cual, dicho sea de paso, hasta me venía bien; pero con un límite. Siento no recordar quién me iluminó con la solución adecuada, pero que en gloria esté porque mucho le debo. Me dijeron que si tenía un carné universitario podía comer en el comedor de la Universidad por un módico precio. Y sí, eché mano a mi cartera y en ella llevaba una tarjetilla de alumno de la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de E. G. B. de Almería. La comida valía cinco duros. Y no estaba mal. Por cierto, al entrar al comedor de la Universidad nadie pedía ningún carné. Se lo cuento a mi paisano Juanico Llorente y… ¡hale, otro universitario! Juanico, por si alguien no lo sabe, era mi vecino de la calle de abajo en el pueblo. Él vivía en la calle San Joaquín y yo en la calle San Diego y nuestras casas se unían por el callejón de Domingo Bujaldón, el de la panadería. Éramos amigos de toda la vida; bueno, en realidad yo era como su jefecillo, que para eso le llevaba un par de años. Mi madre tenía una tienda de ultramarinos y me mandaba cada dos por tres a la Venta de Juan Ramón, en la carretera, a por los paquetes que allí dejaba Transportes El Triunfo. Como no podía con todos, él me ayudaba, y mi madre nos daba dos pesetas por cada viaje, una para cada uno. Terminó -Juanico, digo- emigrando a Barcelona como casi todos los jóvenes del pueblo. Sigue nuestra amistad, ahora aquí, y vive en Turre. Se casó con una turrera. Trabaja en Egmasa cuidando bosques. Su hermano Paco también andaba por allí, pero cuando a éste le quisimos hacer partícipe de la oportunidad del comedor universitario declinó nuestra invitación. Normal: él se buscaba bien la vida con las comisiones que sacaba vendiendo por las casas la Gran Enciclopedia de Catalunya. No había una casa en cincuenta kilómetros a la redonda que no tuviera en la librería del comedor una enciclopedia vendida por Paco. Se enrollaba bien con la gente gracias al catalán que había aprendido en la calle. Tenía hasta el deje catalanista: “¿Vostè, senyora Mercè, que no li aniria bé la Gran Enciclopèdia de Catalunya per als nens?”. Eso, dicho en catalán, atraía bastante. Paco también se vino para acá, y ahora está de administrativo en el Ayuntamiento.
Pero sigamos con el trabajo, que la familia Llorente me ha entretenido. Un día me encontraba harto de que el encargado me chuleara, y me dije: “pues ahora voy a chulearle yo un poco”. Qué atrevimiento. “Perdone, jefe”, le dije, “pero lo que yo considero inadmisible es que unos libros de texto tan prestigiosos como éstos tengan faltas de ortografía”. Asombrado por mi osadía, me coge de la camisa, enrabietado, y me dice: “Venga conmigo”. Y voy tras él. Subimos unas escaleras metálicas y me lleva delante del corrector y me dice que si soy capaz de hacer semejante afirmación ante aquel hombre. “Espere un momento”. Bajé a toda prisa las escaleras y fui a uno de los palés a por un libro, tampoco recuerdo cuál. Se lo abro a ambos y les digo: “Miren aquí, y aquí...”. El cordobés no veía nada extraño, porque era un hombre poco instruido, pero el corrector sí se dio cuenta. La verdad es que era algo sin importancia, algún que otro diptongo mal acentuado, cosa de tildes adecuadas e inadecuadas.

En el corrector me encontré a un hombre pequeñito, muy enjuto -más de treinta kilos no debía pesar-, con cara de asustadizo y miope de doce dioptrías hacia arriba. Por poco se muere de vergüenza por descubrirle aquellos errores. A la semana siguiente ya era su auxiliar. Mi sueldo subió considerablemente. Qué gran caballero el corrector, el señor Manuel (otro Manuel, qué casualidad). Me contó que también él era maestro de escuela, pero era de los represaliados del franquismo. “Qué casualidad”, le dije para gloria de sus oídos, “ya somos tres los represaliados: usted y mi padre por la dictadura, y yo, por mi padre”. No sé la edad que tendría el hombre, por su aspecto físico y cara de sufrimiento le echaría ochenta años. Tendría sesenta. Todos los días me explicaba los estudios que él había tenido que hacer para ser maestro y todos los días tenía que explicarle los estudios que yo estaba haciendo para ser maestro. Siempre tuve la sensación de que este hombre, desde que terminó la guerra, nunca con nadie había hablado de aquel triste episodio nacional. Notaba que se sentía cómodo conmigo y yo notaba que me sentía cómodo con él. Yo le hacía ver que no era un fracasado, que, por el contrario, era todo un triunfador, un héroe, pues no podía ser otra cosa quien había sido capaz de mantenerse fiel a la legalidad de la república. “¿Usted ha leído un libro que hay ahí abajo”, le digo, “que se titula Juan Salvador Gaviota?”. Me dice que él lee todos los libros que pasan por sus manos para la corrección, pero que está tan pendiente de buscar faltas de ortografía que no repara en su contenido. Le subo un ejemplar para él y otro para mí. El mío lo conservo como oro en paño por el valor nostálgico y las bonitas ilustraciones de Russell Munson. “Lléveselo a su casa y léalo, verá usted cómo la gaviota exiliada-exilada, que dice el libro- y represaliada no es la más tonta, sino la más lista”. (Postdata: Si le interesa, lector, anote. “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. Editorial Pomaire, S. A. Impreso en Gráficas Pareja. Primera edición, noviembre de 1.972).
Volví a Los Gallardos para los exámenes de febrero y aprobé, pero tenía que esperar a septiembre para empezar el curso de Prácticas. Magisterio, entonces, eran Bachiller Superior, dos cursos, Reválida y un año de prácticas, éste cobrando ya un poco. No pensaba volver más a Barcelona. Total, me dije, tampoco me vienen mal cinco o seis meses vagueando por el pueblo.

Un día me llama don Manuel Pareja y me dice que me vaya urgente, que el corrector se había muerto. Para no ir me hice el interesante y le dije que mis aspiraciones ya no eran las de un auxiliar, sino las de un titulado. Se vio perdido sin corrector y atendió a mis pretensiones. Volvía a Barcelona de otra manera. Dejé de ir al comedor universitario y le pasé definitivamente el carné de estudiante a Juanico. Al llegar el verano, le dije al impresor que teníamos que poner fin a la relación laboral porque tenía que volver a Almería, donde me esperaban en el Colegio Angel Suquía de Piedras Redondas para el curso de Prácticas. Se empeñaba en que me quedara, que allí iba a ganar más dinero que en la escuela. “Don Manuel”, le repetía, “tengo que hacer el curso de Prácticas porque si no lo hago ni siquiera me dan el título de maestro”. Me hizo propuestas desorbitadas de doblar y hasta triplicar mi sueldo. “¿Usted ve los jóvenes catalanes hacerse maestros, verdad que no?”. Y era verdad, en Barcelona no había maestros catalanes. Lo consulté varias veces con mi padre, pero éste era contundente: O me venía voluntariamente o mandaba a por mí. Yo sabía por qué mi padre prefería el título más que el dinero que pudiera ganar: quería a toda costa que me hiciera funcionario. La ilusión de su vida era ver cómo uno de sus hijos vivía a costa del erario público, algo que a él no le dejaron quienes se sublevaron contra la democracia en 1936. Prevaleció, pues, una vez más, la autoridad del ex-militar y volví a Almería. Tras Piedras Redondas, cuarenta chiquillos me esperaban impacientes en el Colegio Público de Los Gallardos. Un año después oposité a Magisterio en… ¡en dónde iba a ser, en Barcelona! Otra vez para allá, esta vez de maestro. Un añito, y de nuevo para acá. Destino: pues… ¡a dónde iba a ser… a Los Gallardos!

En 1.981 murió mi padre con uno de sus deseos cumplidos, con su “Cabo” de maestro y con nómina oficial. Unos años después pedí excedencia. Hasta hoy. Y adiós.

Los buenos y los malos de la crisis



Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es

Tiene razón José María Fidalgo, Secretario General de Comisiones Obreras, cuando afirma que “los trabajadores no son los causantes de la crisis”. En una economía de libre mercado, las estrategias empresariales las marcan los empresarios, y son ellos los responsables de los aciertos y los errores, de eso no cabe ninguna duda. Pero se equivoca Fidalgo cuando dice a continuación que como consecuencia de esto “no vamos a permitir que sean ellos -los trabajadores- quienes la paguen las consecuencias de esta crisis”.

A estas alturas del siglo XXI la dicotomía empresario-trabajador como concepto de intereses antagónicos y enfrentados ha quedado trasnochado. “La Codorniz”, la revista satírica de mediados del siglo pasado que tantos ratos de felicidad nos dio, siempre representaba a un empresario con una figura oronda con tirantes y cara de glotón feliz. Al trabajador lo retrataba enjuto de carnes y cara de sufrimiento y resignación. La cara y la cruz. En las sociedades modernas, todo el mundo tiene derechos, y una persona puede optar libremente por buscarse la vida como empleado o hacerlo como empleador. Tan honrado es hacerlo de una manera como de otra. Pero, al margen del papel que cada uno juguemos, generalmente viajamos en el mismo carro.

Esta crisis no está ocasionada por quienes en la sociedad laboral han adoptado la condición de empleadores. A la mayoría de ellos, a casi todos, la situación les sobrepasa, y más que verdugos son víctimas. De nada sirve ser un empresario honesto y responsable si los resultados de su empresa no dependen de su capacidad, sino de decisiones políticas y financieras que muchas veces se toman a miles de kilómetros de distancia. Estimado José María, esta película no es una película de buenos y malos, y si el barco se hunde, nos hundimos todos.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Las 5.000 viviendas


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es


Parece que, por fin, la Junta de Andalucía y los ayuntamientos afectados se han decidido a coger el toro por los cuernos para intentar arreglar el tema de las cinco mil viviendas ilegales que se encuentran esparcidas por la zona norte-levante de nuestra provincia. La situación era insostenible. Se dice que el tiempo lo cura todo, pero el tiempo, por muy plácida que sea, no puede hacer desaparecer del mapa provincial este inmenso número de edificaciones levantadas al margen de la ley con el beneplácito –o la pasividad, o la irresponsabilidad, da igual- de quienes nos gobiernan. O nos han gobernado, según los casos. Había que intervenir ya, o la herida, lejos de curarse por el paso del tiempo, se engangrenaba cada día más.

La mayoría de los ciudadanos no conocemos ni las razones ni los culpables –suposiciones tenemos todos- de que esta bola de nieve se haya hecho tan enorme. Pero, a las alturas que estamos, no es cuestión de seguir con las interrogantes. Para qué. Afortunadamente, la bola ha dejado de rodar y no aumenta su tamaño. La regularización es precisa y necesaria, como necesario es que para conseguir el fin deseado establezcamos unas premisas previas. A saber:

a) Hay que dejar a la justicia al margen del problema retirando todos los contenciosos. Los temas penales son otra historia.
b) Deben desaparecer las edificaciones levantadas en suelos en situación especial (dominio público, riesgos de inundación, suelo protegido, etc.).
c) Los promotores no deben obtener un enriquecimiento injusto en perjuicio del resto de los vecinos, por lo que deben hacer a éstos las debidas compensaciones tanto materiales (las cesiones oportunas) como económicas (hay que pasar por la caja municipal).
d) La obtención de la licencia de primera ocupación debe ir condicionada a la dotación de los servicios e infraestructuras básicos, a fin de que luego no sean los demás vecinos quienes tengan que sufragar las fechorías que otros han cometido.

sábado, 20 de septiembre de 2008

El trato de La Burra


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es

No tengo la dicha de conocer personalmente a Diego Valderas y Javier Arenas, co-protagonistas de aquel pacto que se hizo en 1.994 conocido popularmente como “La Pinza”. Si les conociera les preguntaría sobre algo que hace mucho tiempo salpica mi curiosidad, y de cuya duda solamente uno de los dos me puede sacar. Lo cuento por si alguno de mis escasos lectores tiene acceso a ellos y quiere hacerme el favor de trasladarles mi inquietud. Me contaron una vez que, al quedarse en minoría el PSOE en las elecciones de aquel año, se reunieron ambos en un restaurante sevillano para establecer lo que el de IU llegó a llamar “la gobernabilidad de Andalucía desde el Parlamento”. En esa reunión trazaron las líneas maestras de las estrategias que iban a desarrollar durante la legislatura, y, como es natural, hablaron de lo que hasta entonces se conocía, porque ese era su nombre oficial, como la “Disposición Adicional Segunda” del Estatuto de Autonomía, un apéndice que decía que en la financiación autonómica había que tener en cuenta “las circunstancias socioeconómicas de Andalucía”.

Coincidieron en que como a los andaluces nos molestan los nombres enrevesados, eso de “la disposición...” había que simplificarlo y acordaron llamarle –acertadamente, como ahora se ha visto- la “Deuda Histórica”. Posteriormente intentaron buscar un nombre al pacto o acuerdo verbal suscrito, y aquí es donde Valderas hizo una propuesta atrevida: llamarle al resultado de aquella reunión “El trato de La Burra”. Me cuentan que Arenas, al oír la sugerencia, dio un enorme respingo. El de IU rápidamente le aclaró que aquel establecimiento del Polígono Industrial Calonge de Sevilla en el que estaban reunidos tenía por nombre “Restaurante La Burra”. Pero ni con esas. Acordaron que aquel acuerdo no debía tener nombre porque las distancias ideológicas aconsejaban mantenerlo en la discreción. ¿Qué hay de verdad o de mentira en esta anécdota? Me muero por saberlo.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Te cobran por respirar



Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
www.emilioruiz.es

Suele afirmar el vulgo que, con crisis o sin crisis, los bancos siempre se las apañan para ganar cada vez más dinero. No siempre es verdad. Sí es cierto que sus cuentas de resultados rara vez aumentan por debajo de los dos dígitos, pero pasan también, como cada hijo de vecino, sus malas rachas. Ahora padecen una de ellas. Según la AEB y la CECA, que son las patronales de los bancos y de las cajas, durante el primer semestre del año los primeros redujeron su beneficio un 1,5 % respecto al mismo periodo del año pasado, y las segundas un 3,8 %. Y no se les avecinan tiempos mejores, pues la tasa de morosidad va disparada como una moto. En cualquier caso, las cifras de beneficios que nos presentan aún son de las que alarman: casi quince mil millones de euros.

Los bancos siempre tienen ingresos recurrentes. Unas veces son los que ellos llaman típicos: préstamos, hipotecas, descuentos de papel, etc. Otras, los atípicos: venta de activos, operaciones bursátiles, etc. Y cuando fallan los unos y los otros lo que hacen es echarle cara al asunto y cobrarnos casi por respirar: por ingresar o cobrar cheques, por domiciliar recibos, por correspondencia, etc. Fíjense el anuncio que acabo de leer en un periódico nacional. Lo publica la Caja Rural de Granada. Dice así: “En cumplimiento de la cláusula 11ª de los contratos de cuentas a la vista, a partir de un mes de la presente publicación, se repercutirá a nuestros clientes por el servicio de recuento, empaquetado o transformación de moneda fraccionaria y/o billetes, a petición de personas o entidades con actividad empresarial, profesional, asociativa o cualquier otra distinta de la estrictamente particular”. Han leído bien. Usted, señor tendero, a partir de ahora, cuando vaya a esta entidad a ingresar la caja de su negocio le cobrarán los honorarios correspondientes. ¡Pues no está para decirles: Oiga, que yo lo traigo contado, si usted lo quiere contar, es su problema! Cómo está el mundo.

viernes, 12 de septiembre de 2008

¿Dónde están los dineros del boom inmobiliario?


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
info@emilioruiz.es

Entre 2005 y 2007, es decir, durante los tres últimos años, en la provincia de Almería se ha iniciado la construcción de algo más de cien mil nuevas viviendas, la mayor parte de ellas concentradas en los municipios costeros y en el Medio Almanzora. Cien mil nuevas viviendas significan cien mil licencias municipales y la liquidación de las tasas correspondientes. La construcción de una vivienda suele aportar a las arcas municipales en torno a los seis mil euros. Cien mil por seis mil, pues ya tenemos la cuenta: Los ayuntamientos de la provincia han ingresado en los tres últimos años, solamente por las nuevas construcciones, la escalofriante cifra de seiscientos millones de euros, es decir, cien mil millones de las añoradas pesetas.

¿Y dónde se ha metido ese dinero? Eso es lo que se pregunta mucha gente. No cabe duda de que hay pueblos de la provincia de Almería en los que los cambios producidos por el auge inmobiliario se ven a simple vista. Por poner un ejemplo a un lado y otro de la provincia, ahí están los casos de Roquetas de Mar y Vera, dos pueblos que en este corto periodo de tiempo han visto agradablemente cambiada su fisonomía urbana. Pero hay otros… Perdone el lector que, en este caso, no sea ten explícito. Pero si les pica la curiosidad, dense una vuelta por algunos de esos municipios donde se ha construido tanto. Después, vean sus calles, observen sus plazas y visiten sus instalaciones. Recorran sus aldeas y transiten sus caminos. Están como hace diez años. Lo dicho: ¿Dónde diantres habrán metido los dineros?

domingo, 7 de septiembre de 2008

El mausoleo romano de Abla




Si hay un elemento de nuestro patrimonio arquitectónico-histórico que no le es ajeno a casi ningún almeriense, ése es sin duda el mausoleo de Abla. Y no porque su atractivo haya merecido muchas visitas intencionadas, sino más bien porque su ubicación, a escasos metros de la antigua carretera nacional, hacía inevitable al viajero su contemplación aunque fuera sólo unos segundos. La Ermita de San Sebastián –como los lugareños la conocen- llevaba camino de correr la misma suerte que otras edificaciones históricas de la provincia, de las que hoy no quedan ni rastro. Pero ha aguantado el “tipo” casi veinte siglos, desde el siglo II de nuestra era hasta hoy.

Hace un par de años la Junta de Andalucía decidió por fin su restauración. Pero los trabajos revelaron nuevos hallazgos, como un revoco policromado y unos muros perimetrales de mayor altura que los conocidos hasta ahora. El hallazgo de la impermeabilización original demostraba que nunca había existido un remate sobre la cubierta y que, por tanto, no procedía crear algo que nunca llegó a existir. El proyecto de restauración contempla la creación de una cubierta piramidal y revestimiento de cobre. Tras estos hallazgos, las obras se paralizaron. Afortunadamente. Esa puede ser la excusa perfecta para evitar el enorme atropello que se estaba cometiendo. Basta ver una vieja fotografía del estado anterior y otra del estado en que se encuentra la obra paralizada para llegar a la conclusión de que el resultado es el mismo que si se hubiera metido un pico y una pala y se hubiera construido algo nuevo sin provecho alguno del original. Un cuadro no se restaura estampando sobre él dos capas de pintura blanca y pintando nuevos elementos. Pues esto parece que es lo que se han hecho con el entrañable mausoleo de Abla. Vuélvase al original y respétese al máximo, por favor.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Hablemos del Almería

Es posible que haya ciudadanos almerienses, y hasta es posible que haya muchos, a los que esto del fútbol ni les va ni les viene. Y como a ellos ni les va ni les viene, pues piensan que da igual que nuestra provincia tenga un equipo en 1ª División, lo tenga en 2ª o lo tenga en 3ª Regional. Están equivocados, como se equivocan quienes crean que, como a ellos no les gusta leer, pues no es necesario que haya bibliotecas, y como no les gusta reír, pues fuera circos. Me produce bochorno tener que recordar que cualquier hecho o actividad social, o deportiva, o económica, o cultural, o del tipo que sea, que influya positivamente en el ánimo o en la economía o en el bienestar de una parte de la sociedad es buena para la generalidad de la sociedad. El bienestar o la felicidad absoluta de un pueblo no existe. Existe la felicidad personal e intransferible de cada uno, y la suma de muchas felicidades individuales produce felicidad colectiva.

Que Almería tenga un equipo en 1ª División es un hecho positivo sin salvedad alguna. Que seiscientos millones de personas de todo el planeta estén frente a un televisor viendo cómo el equipo de nuestra ciudad se bate con el Real Madrid en el Campo de los Juegos Mediterráneos, y encima de todo le gane, eso es positivo para una provincia, aunque sea sólo a efectos de promoción publicitaria. Quien no lo entienda así es que no vive en este mundo.

Por eso, creo que Almería tiene mucho que agradecer a Alfonso García, el hombre que está haciendo posible esta realidad. Pero, cuidado, que estemos inmensamente agradecidos al Presidente no significa que tengamos limitada nuestra libertad para manifestar que algunas de sus decisiones se han tomado de forma equivocada. Y Alfonso García se ha equivocado con el tema de los abonados al club. Se equivocó el año pasado, y éste, no solamente no ha reparado el error, sino que lo ha incrementado. Me gustaría explicar por qué.