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sábado, 2 de agosto de 2008

Un cateto en Nueva York






Emilio Ruiz


Director de La Cimbra


Cuando un cateto almeriense, de pueblo, llega a Nueva York y se instala en el corazón mismo de la isla de Manhattan, de lo primero que se da cuenta es de que todo eso que nos cuentan por la tele existe en la realidad. Allí, todo es inmenso, no sólo los edificios. Son enormes las calles, los coches (se ven más limusinas que utilitarios), los establecimientos públicos, los parques, las hamburguesas... todo. Hasta los mismos neoyorquinos se están poniendo enormes de gordos.

Cuando el cateto llega a Nueva York, también se ve arrastrado por esa curiosidad de saber si existe en la realidad ese patio del castillo de Vélez-Blanco que dicen por aquí que fue desmontado piedra a piedra y trasladado al Museo Metropolitano. Y vaya si existe. El patio está ubicado en un lugar privilegiado del Met, y es lugar frecuente de reuniones y convenciones. ¡Qué sensación tan preciosa tuvo el cateto cuando estaba en medio de aquella joyita arquitectónica, y pensaba que estaba allí por derecho propio, porque aquellos eran sus dominios! Urge, pero ya, construir una reproducción en nuestro castillo. No nos lamentemos de que se lo hayan llevado. Después de verlo, allí, tan bonito, pensé: pues menos mal que esta gente se lo trajo; si no, a ver dónde estaría ahora.

Si el cateto, además, tiene la suerte de vivir en semejante urbe el triunfo de España en la Eurocopa, entonces se da cuenta de cuán miserables son algunas políticas y algunos políticos localistas. Localistas de aquí, no de allá. España no existe para el New York Times. En cambio, la Eurocopa nos dio titulares, y hasta en portada. No sé en cuántas otras partes del mundo el gol del Niño se celebró, pero sí puedo decir que una marea humana -pequeñita, tampoco exageremos- bajó por la Quinta Avenida cantando el Viva España y enarbolando la bandera de la victoria. Así lo viví y así lo cuento.