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jueves, 7 de agosto de 2008

La Bahía de San Miguel


Emilio Ruiz
Director de La Cimbra
info@emilioruiz.es

La Bahía de San Miguel era en su momento un proyecto ampuloso pero, tal como entonces estaba la cosa, perfectamente realizable. Consistía –y consiste- en la urbanización de nada menos que 550 hectáreas de El Ejido. El político local García Quero (PSOE) se asombra del mismo, y dice que se trata nada menos que de “convertir esta zona en lo que podríamos denominar como una nueva joya del Mediterráneo”. El alcalde (PAL) ve en el desarrollo de la Bahía el maná que va a resolver todos los problemas económicos del Ayuntamiento, los actuales y los futuros. Y los propietarios, por su parte, 250 agricultores, se relamen con “el gran pelotazo”, según escribía Alberto García en este periódico el domingo pasado.

Todo esto está muy bien, y vive Dios que uno lo menos que desea en esta vida es aguarle la fiesta a nadie, pero ¿han caído en la cuenta, estas ilusionadas personas, de que las circunstancias económicas actuales difieren mucho de las que existían cuando se generó el proyecto? El proyecto vio la luz en un momento en el que –por dar sólo unos datos- el PIB nacional se acercaba al 4 %, se construían cada año medio millón de viviendas y las inmobiliarias no querían más que acaparar suelo al precio que fuere. Hoy, la economía está casi en recesión, la construcción se encuentra paralizada y se vende suelo a precio de saldo. La entidad que encabezaba la financiación, Bancaja, pasa por un momento muy delicado, y si algo les molesta ahora a estos banqueros es que uno vaya a ofrecerles suelo a cambio de dinero. Ni te escuchan.

Pongamos los pies en el suelo. La Bahía de San Miguel, ahora, es un proyecto que hay que dejarlo en “stambye”. Hoy, nadie le va a pagar a los agricultores 180 euros por metro cuadrado. Ni 100, ni 80, ni 60. Nadie compra suelo, a ningún precio, y menos aún si parte del mismo hay que destinarlo a VPO. Los agricultores, por lo pronto, lo mejor que pueden hacer es seguir con sus invernaderos, no dejarse llevar por cantos de sirena y esperar que lleguen tiempos mejores. Y el Ayuntamiento, pues eso, también a esperar.